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jueves, 22 de mayo de 2014

BRONCA A KAFKA




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Me acuerdo de una frase de los diarios de Kafka: Ein Buch muss die Axt sein für das gefrorene Meer in uns”. Un libro debe ser el hacha para el mar helado (que hay) dentro de nosotros.
He visto/oído a algunos condecorarse con dicha frase. Uno sólo debería leer, afirman, libros susceptibles de conmocionarnos. No me cierro a las emociones (aunque tampoco desdeño las cosquillas); pero, francamente, barrunto que las emociones, experimentadas sin contención, conducen con rapidez a trastornos varios. Por ejemplo, a la solemnidad. Si cada libro excelente que leyéramos comportara una tanda de hachazos (mentales), sin dudarlo probaría fortuna con actividades más placenteras, como el encaje de bolillos o el minigolf.
Un libro no es sólo lo que hay en él, también lo que a uno se le ocurre mientras lee. Por eso hay libros ostensiblemente ligeros o triviales que, sin embargo, pueden dejarnos una huella más honda que otros de mayor densidad intelectual o literaria.
De mí sé decir que la naturaleza no me dotó de mares internos. Ni helados, ni tibios ni calientes. Ya puestos a largar confesiones, tampoco de un humilde hueco donde se pudiera acumular de vez en cuando un poco de lluvia.
Aparte de eso, no estoy familiarizado con el hábito de arrearse hachazos, tampoco con el menos sangriento de golpearse con el canto de los libros. Ciertos conocidos míos, a quienes presté libros en el pasado, por lo visto sí. Me los devolvieron machucados.
Por tu culpa, Kafka.