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domingo, 11 de mayo de 2014

LAS TRAVESURAS DE MAX Y MORITZ



Hace siglo y medio que las siete travesuras de la célebre pareja de gamberros Max y Moritz forman parte inseparable del acervo cultural alemán. Desde su primera edición, en 1865, a millones de niños centroeuropeos les han leído a edad temprana (y luego, aprendidas las letras, la han leído ellos por su cuenta) esta historia entre divertida y brutal que nunca falta en las estanterías infantiles, ni en las bibliotecas de los colegios o la sala de espera de los consultorios pediátricos. Algunos de sus pareados sobreviven en la actualidad incrustados en el habla popular alemana a modo de refranes. No es raro ver reproducidas las figuras protagonistas en sellos postales, galletas, mochilas escolares o cualquier otra mercancía.
Tanto el texto como las ilustraciones son obra de Wilhelm Busch (1832-1905), a quien nadie discute su papel crucial de pionero del cómic. Hombre serio, retraído, su principal vocación fue la pintura; pero destruyó, movido por un severo espíritu autocrítico, acaso por la evidencia de no poseer talento pictórico, la mayor parte de sus cuadros.
Se cuenta que Busch no concedía especial importancia a las historias ilustradas que lo han consagrado en la memoria cultural de la humanidad. Apenas le parecían trabajos alimenticios. La titulada Max y Moritz es una de las primeras, sin duda la más conocida. Sus destinatarios naturales no tienen por qué ser solamente los niños. A fin de paliar fracasos anteriores, la ofreció exenta de emolumentos a un editor, que la rechazó por no verle al producto porvenir comercial. Con el siguiente, generoso en el pago, tuvo Wilhelm Busch más suerte, aunque la obra pasó inicialmente inadvertida a los críticos de la época y sus ventas no arrancaron con fuerza sino a partir de la segunda edición. A la muerte del artista, en 1905, la historieta de Max y Moritz llevaba cincuenta y seis reimpresiones. De entonces acá se ha perdido la cuenta.
¿Por qué este clásico indiscutible de la literatura popular no hizo fortuna en España, como sí la hicieron la recopilación de cuentos de los hermanos Grimm u otras famosas creaciones de la época? Pensemos en los cuentos de Andersen o el Pinocchio de Carlo Collodi, por poner dos ejemplos notables. Es dudoso que a dicha falta de atención contribuyera la crueldad de algunas de las travesuras relatadas. Sabido es que los cuentos tradicionales abundan en lobos devoradores de abuelitas, cazadores que arrancan corazones, brujas que almuerzan niños. Dos causas, no obstante, pudieran haber entorpecido el traslado a otras culturas literarias de las andanzas gamberriles de los dos muchachos. La una, su ausencia absoluta de algo que, para entendernos, podríamos llamar repulsión a todo atisbo de sentimentalidad. La historia no se deja adaptar ni por arriba ni por abajo al típico film meloso de animación a lo Walt Disney. En ella, los muchachos pagan con la propia vida su mal comportamiento. El castigo, no lejano a una ejecución, restituye el orden social. Supone alegría, además de alivio, para la comunidad. Los malos son los protagonistas, los que más espacio ocupan en el relato, siendo así que desde su aparición en el libro inspiran reprobación y rechazo.
La otra causa pudiera residir en la circunstancia de que Max y Moritz está escrita en versos rimados de ritmo trocaico (acentuación en sílabas impares) y que dichos versos destilan una ligereza y donosura harto difíciles de reproducir. Los mismo puede afirmarse acerca de la técnica métrica. Este reto considerable ha sido superado con maestría por la versión de Víctor Canicio, difundida en forma de un hermoso y manejable librito por la editorial Impedimenta.
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La historia de Max y Moritz, comprendida entre un prólogo y un epílogo, ambos de propósito moralizante, consta de siete travesuras cuya narración consecutiva determina la sencilla estructura del relato. Los dos muchachos, ociosos y no faltos de astucia, se dan una vuelta por el pueblo y se lo pasan pipa embromando a unos cuantos vecinos. Los caracteriza una ostensible falta de piedad. Su primera víctima es una viuda que vive sola. No contentos con matarle por medio de una vil artimaña un gallo y tres gallinas, se los roban, sin perder la sonrisa, con cañas de pescar por el hueco de la chimenea mientras las aves se están asando. La diablura queda impune, aunque hasta cierto punto por cuanto los palos se los lleva el pobre perro de la casa.

Aún más gratuita, puesto que no persigue beneficio personal alguno, es la broma que los dos muchachos gastan al sastre del lugar, a quien atraen con muecas e insolencias hacia una tabla previamente serrada, de tal manera que el flaco señor, al pisarla, cae al arroyo, está a punto de ahogarse y enferma del estómago. Sigue la cuarta travesura, rayana en un atentado terrrorista. A Max y Moritz no se les ocurre mejor idea que rellenar de pólvora la pipa del maestro. La explosión deja al pobre hombre maltrecho, con la cara negra y todo el pelo quemado. De nuevo el objetivo es el mal por el mal asociado a la diversión, si bien el texto en ningún momento lo embellece o glorifica.
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La quinta broma, de la que es objeto un familiar de los chavales, es la única exenta de brutalidad y también la última en quedar impune. Los dos traviesos han escondido sendos cucuruchos repletos de abejorros bajo una manta. Los bicharracos salen de noche, se desparraman sobre la cama y finalmente despiertan al tío, que se lleva un susto de campeonato y la emprende a zapatillazos con los abejorros hasta eliminarlos. Ni Max ni Moritz se hallan presentes en la alcoba para presenciar el desenlace de su acción, lo que acentúa la completa gratuidad de la misma.
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El escarmiento viene a continuación, no del todo consumado, al fin de la travesura sexta, cuando los dos gamberros, protegidos un tanto inverosímilmente por la envoltura exterior de bizcocho, sobreviven a una cochura en el horno del panadero. El escarmiento definitivo coincidirá con el desenlace de la historia. Pasados por la máquina del molinero, Max y Moritz serán literalmente triturados y sus partículas, derramadas en el suelo de modo que conforman sus respectivos perfiles, servirán de alimento a dos ocas voraces. La mala conducta ha sido finalmente castigada con métodos de difícil justificación pedagógica hoy día. La crueldad ha vencido a la crueldad. No es este, como cualquiera puede deducir, el final a que nos tienen acostumbradas las adaptaciones cinematográficas de la factoría Disney.
Aparte de la hermosa edición llevada a cabo por Impedimenta, no puede dejar de ponderarse el trabajo excelente de Víctor Canicio. Podría el traductor haber optado por un traslado fiel del texto original. El empeño habría estado a buen seguro condenado al fracaso, por cuanto lo esencial de la historia de los dos gamberros reside tanto en la narración en sí, de sobra clarificada por los estupendas ilustraciones del autor, como en el gracejo y en el particular sabor popular de los versos, de severas rimas consonantes. Son estas precisamente las propiedades del relato favorecidas por el trabajo de Víctor Canicio,  a costa de modificar los nombres de los personajes y de reescribir, en una suerte de reinterpretación paralela de las peripecias narradas, la historieta al completo. El resultado es óptimo.
(Este artículo se publicó en el suplemento literario Territorios el 16 de julio de 2012.)