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miércoles, 14 de mayo de 2014

SOBRE IRAZOKI Y SUS POEMAS




Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es un poeta constante que a lo largo de los pasados decenios ha ido dando a conocer su obra de forma espaciada. Si se considera que esa sustancia valiosa a la que convenimos en llamar poesía sólo pudiera darse en el poema escrito, entonces no queda más remedio que constatar que Irazoki es un poeta escaso. Las razones de ello habría que buscarlas principalmente en su compromiso estricto con una escritura de calidad. También en la propia personalidad del poeta, la de un hombre reacio al ruido mundano y a actitudes exhibicionistas de divos y malditos, asunto este que aflora con frecuencia a sus artículos para la prensa cultural.
Pero si además de consistir en una actividad de la que surgen poemas, admitimos que la poesía comporta una manera sabia, sensitiva, juiciosa, de estar en la vida y, por tanto, de estar y convivir con los demás, entonces podríamos afirmar, sin temor a incurrir en exageraciones, que Francisco Javier Irazoki es un poeta de la mañana a la noche y de lunes a domingo; un poeta consagrado a suscitar la poesía en los pormenores de su existencia cotidiana, en la práctica de la amistad, en el disfrute sereno y agradecido de las cosas buenas que tiene la vida y alegran la inteligencia y los sentidos, sin descuidar la atención a aquellas otras, injustas y dolorosas, que un hombre como él, de talante positivo y criterio ético, combate mediante la crítica lúcida, la compasión solidaria y la acción constructiva.
 
Por un azar venturoso, Irazoki reside en París desde 1993. Este hecho central de su vida marca un antes y un después en su trayectoria literaria. El cambio hacia formas creativas nuevas, exponentes de la madurez del escritor, no se dio en él de golpe, sino a través de un libro puente que, inédito durante largo tiempo, publicó el año pasado, Retrato de un hilo (Hiperión, 2013). Lo empezó a escribir un día de 1991 en la ciudad india de Benarés; lo terminó en París al cabo de siete años.
Lo integran treinta y dos poemas, por lo general breves, algunos incluso muy breves. La brevedad y la expresión sosegada son dos constantes en la poesía de Irazoki. No se recuerda de él un poema caudaloso, extenso o prolijo al modo de un discurso en verso, y esto ni siquiera en sus tiempos de activismo juvenil y lúdico en el Grupo CLOC de Arte y Desarte, del que todavía conserva, sin embargo, cierta afición por los detalles y las imágenes de índole surrealista. Por su tono, nunca exclamativo; por los asuntos que convoca; en fin, por sus características formales, Retrato de un hilo sucede con naturalidad a los tres libros que incluyó en Cielos segados, título de la recopilación publicada por la Universidad del País Vasco de lo que hasta el año de su edición, 1992, constituía la obra poética completa de Irazoki.
Ahora bien, el hombre que alude en sus textos a lejanos paisajes, a gentes y culturas con las que no se puede entrar en contacto sino después de un largo viaje, ya es el poeta establecido en París de cuya mano saldrán los libros posteriores, Los hombres intermitentes (2006) y La nota rota (2009), ambos escritos en prosa, aunque el propósito, particularmente en el primero de ellos, siga siendo poético. Una nueva fase creativa, que llega hasta nuestros días, parece anunciarse en Retrato de un hilo. De ahí la función de gozne que atribuimos, en el conjunto de la obra de Irazoki, a esta delgada colección de poemas.
Abrámosla. Ya el título de su sección inicial, Equipajes, nos pone sobre aviso de la inminencia de un viaje, acaso sea más justo decir de una búsqueda, según proclama la pieza breve con que arranca el libro. Retrato de un hilo es, por así decir, expresión de la voluntad de un hombre que, sabiéndose perecedero, aspira no obstante a conocer y gozar el mundo donde sucederá su peripecia vital completa y a entrar en relación cordial con sus congéneres. No pocos poemas refieren, con un toque a menudo narrativo, un encuentro casual. Y en todo caso, si no casual, un encuentro con seres de momentánea convivencia, con seres buscados sin plan previo, que se instalan por breve espacio en el campo visual del poeta observador.
Los lugares donde por así decir ocurren los distintos poemas son a veces lejanos e incluso, para el lector que no los conozca, exóticos. Y tampoco quienes habitan en ellos son tipos usuales salvo por una propiedad esencial: son hombres como el mismo que escribió los poemas y como quien acaso los lee. Este postulado fraternal de lo humano, que cuestiona la extranjeridad del prójimo, que rompe barreras entre los individuos, forma el cimiento conceptual sobre el que se alza todo el edificio poético de Irazoki.
Como el poeta que hoy está aquí y mañana allá, también Irazoki fue durante un no breve periodo de su vida un hombre, no sabemos si perdido, pero en cualquier caso errante, buscador de un hueco propio en el mundo hasta que se cruzó en su camino la persona a la cual está dedicado el libro. Los dos poemas últimos, escritos en lengua francesa, tienen una connotación de llegada. Desde una perspectiva actual, no poco nos tienta aseverar que París era el destino del poeta.
Los títulos de las restantes secciones (Calle de los viajeros, Viandantes, Lindes, Canciones extranjeras) corroboran la noción de salida en busca de los hombres, con predominino, no nuevo por cierto en Irazoki, de la estampa urbana. Un gran peso cobra en el libro la presencia numerosa de la mujer, mencionada por lo común en situaciones y momentos directamente eróticos, aunque concisos. Las alusiones al amor físico apenas componen una imagen hedonista de la existencia. Tampoco comportan la frustración aparejada a los deseos insatisfechos. Constituyen más bien elementos integrados en una confirmación general de la existencia terrena, referidos, con la excepción de la cantante Nico, a mujeres anónimas en lugares indefinidos o muy ligeramente bosquejados. La mujer, como la música, el amor, los bellos paisajes, cumple en Retrato de un hilo una función ennoblecedora del mundo.
La escritura de Irazoki, pese a su ostensible relieve estético, se mantiene a cada instante en los tonos sobrios y apacibles, sea cual sea el asunto abordado. Se trata de una escritura a todas luces depurada, de vocabulario selecto, provista de una sutil musicalidad en la que no hay sitio para los recursos conversacionales ni prosaicos, así como tampoco para la fronda barroca. Es, sobre todo, delicada en su engañosa sencillez, de forma que a uno le es dado experimentar durante la lectura una sostenida sensación de intimidad. Bella sin aspavientos, suave sin edulcoración, es la escritura de un hombre tranquilo que, además de haber alcanzado la maestría literaria, está dotado de esa gracia de difícil, por no decir imposible definición, sin la cual, por muy bien que uno escriba, difícilmente logrará hacer posible la poesía.
(Este artículo se publicó en el suplemento Territorios el 23 de marzo de 2013.)