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viernes, 23 de mayo de 2014

WILLIAM FAULKNER, ESCRITOR CON VOCACIÓN DE GRANJERO



Algunos escritores fundamentan su actividad literaria en la revelación de hechos particulares. Redactan diarios, memorias, textos confesionales, y buscan de costumbre estímulo creativo en la introspección y en el estudio y comentario de materiales procedentes de su intimidad. Otros, por el contrario, trazan una línea divisoria entre los textos entregados a la publicidad y su vida privada. A esta última especie perteneció William Faulkner.
Un dato relevante en su biografía es la perseverancia con la que se protegió de la curiosidad ajena. No le bastaron para ocultarse las paredes de su casa. Se refugió detrás de otros muros protectores que lo acompañaban adondequiera que fuese: su carácter esquivo, el hábito de la bebida, la afición a vestir disfraces, el silencio con que acostumbraba rodear sus asuntos personales.
En una de sus cartas resumió, con estilo de epitafio, los acontecimientos señalables de su vida: “Escribió libros y murió”. Sabido es que, para defenderse de visitas importunas, roturaba el camino de acceso a su casa y que montaba en cólera si, acordada la publicación de un texto suyo, le solicitaban que agregase una sinopsis biográfica. Enojado, envió en cierta ocasión a los responsables de una revista los siguientes datos sobre su persona: “Soy una mezcla de caimán y esclavo negro, nacido hace dos años en la Conferencia de Paz de Ginebra”. De cierto pasaje de su correspondencia se deduce que concebía la esfera privada como un reducto para la salvaguarda de la dignidad humana.
Nació un día de septiembre de 1897 en un pueblo, New Albany, estado de Misisipi. Como Einstein, como Thomas Mann, como tantos otros genios, William Faulkner fue un mediocre colegial. Detestaba la escuela y faltaba a ella con frecuencia. Apenas pisó un año la universidad, sin presentarse a los exámenes. Fue, sin embargo, a edad temprana, estimulado por su madre, un lector ávido, y acaso esta combinación de lecturas abundantes e intensa vida callejera explique el tipo de hombre y, por tanto, de escritor que llegó a ser. Por un rasgo de terquedad, por librarse de la sombra de sus antepasados, tal vez por un afán estrafalario de distinción, modificó su apellido, Falkner, añadiéndole la u con la que hoy figura en la memoria literaria de la humanidad.
A los cuatro años, Faulkner se estableció con su familia en Oxford, donde se crió y donde habría de morir en el verano de 1962. La ciudad no alcanzaba por los días de su niñez los dos mil habitantes. Está situada en el distrito de Lafayette, trasunto del condado de Yoknapatawpha, que será escenario habitual de sus novelas. El cultivo del algodón constituía la principal actividad económica del lugar por aquella época. Casi la mitad de la población era de raza negra. A pesar de la abolición, los negros vivían en condiciones cercanas a la esclavitud. No eran insólitos los casos de linchamiento ni otros actos impunes de violencia racista. De la historia, el paisaje, las gentes y los hábitos de su tierra natal trata la mayor parte de las novelas y relatos de William Faulkner.
Probó oficios diversos. Trató de combatir en la Primera Guerra Mundial como aviador del ejército de los Estados Unidos, pero fue rechazado a causa de su baja estatura (medía 1,67 m). De todos los sueños y deseos propios de la adolescencia, uno se le impuso con firmeza y lo cumplió: vivir hasta el final de sus días un destino de escritor. Sin duda, de no haber padecido estrechez económica, habría favorecido el sueño de ser granjero.
En los inicios de su vocación literaria, ejerció sin fortuna la poesía. En la universidad los estudiantes se aficionaron a burlarse de sus poemas y de su manera de recitarlos. La literatura tenía previstas para él otras tareas que, despachadas con excelencia, habrían de convertirlo en uno de los grandes clásicos del siglo XX, lo que no quita para que llevase clavada de por vida la espina de haber sido un poeta fracasado.
Sherwood Anderson, escritor al que admiraba, fue su paradigma y su mentor, y quien le mostró la difícil lucha de todo artista que se precie entre la vocación y el oficio. Anderson intercedió con éxito para que un editor accediese a publicar su primera novela, La paga de los soldados (1926), a la que pronto seguiría Mosquitos, uno de los textos más débiles de Faulkner. Los estudiosos sitúan su madurez como novelista en la novela posterior, Sartoris, con la que inaugura el ciclo de tramas ubicadas en el condado de Yoknapatawpha y la ciudad de Jefferson, calco de Oxford. Tanto como un escenario narrativo, el Sur de los Estados Unidos supuso para Faulkner una mina inagotable de estímulos temáticos. Llegó a afirmar que no le alcanzaría la vida, por muchos años que esta durase, para contar todas las historias que el lugar le sugería.
Autor de prestigio, lo que a veces implica una reputación disuasoria, a Faulkner, recluido en su provincia, se le resistió durante largo tiempo el éxito popular. Sí, sus novelas se venden, unas más que otras, e incluso alguna de ellas merece los honores de la traducción; pero lo cierto es que antes de cumplir cincuenta años, salvo en periodos excepcionales, William Faulkner vivió con preocupación económica. Su copiosa correspondencia constituye una crónica dilatada sobre la falta de dinero. En 1942, publicados sus títulos mayores, recibe la irrisoria cantidad de 300 dólares en concepto de derechos.

Para sustentarse, trabajó por temporadas como guionista en Hollywood y publicó decenas de cuentos en periódicos y revistas, actividades ambas no mal remuneradas en los Estados Unidos. El cine nunca le agradó, aún menos la gente que pululaba en torno a la industria cinematográfica. Amistó con Howard Hawks, que lo apreciaba por su disciplina y su talento, y de quien recibió reiteradamente protección. Es célebre la anécdota protagonizada por Faulkner a la vuelta de una cacería con Clark Gable. Le preguntó el famoso actor por los escritores contemporáneos que consideraba más relevantes. Faulkner citó unos cuantos y remató la enumeración con su propio nombre. Gable le preguntó, sorprendido: “¿Usted escribe?” A lo que Faulkner, con notoria mala órdiga, le retrucó: “¿Y usted a qué se dedica, Mister Gable?”
Así como se tomaba en serio la escritura de cuentos, jamás se le pasó por la cabeza que sus textos para el cine tuvieran el menor vínculo con la literatura. Los redactaba sin escrúpulo artístico. Llegó a despachar hasta treinta y cinco páginas al final de una jornada. Entregados los textos, se desentendía de ellos. Ni esperaba beneficios más allá de la remuneración inmediata ni exigía que su nombre figurase en los créditos de la películas en que participó.
Su suerte habría de cambiar de manera ostensible a partir de 1948, año en que la adaptación al cine de Intruso en el polvo le granjeó una suma cuantiosa de dinero. Dos años después le fue concedido el premio Nobel de Literatura. El razonamiento de la Academia Sueca hace justicia a su firme convicción de que la novela es, por encima de todo, un género artístico. El premio se lo otorgaron en 1950, aunque corresponde al año anterior, de ahí que lo recibiera en la misma ceremonia que Bertrand Russell, su sucesor en la prestigiosa lista de galardonados. Faulkner intentó zafarse del compromiso. Incluso escribió una carta a la Academia para anunciar su ausencia en el acto de entrega del premio. Familiares, amigos y políticos influyentes tuvieron que insistirle para que viajara a Estocolmo. Pidió prestado un frac y, no en las mejores condiciones físicas, acompañado de su hija, emprendió el viaje. En la recepción del hotel, al rellenar la hoja de inscripción, escribió en el apartado relativo a la profesión: agricultor.

(Este artículo se publicó en el suplemento Territorios el 18 de agosto de 2012.)