Páginas vistas en total

martes, 17 de junio de 2014

DE CÓMO ME ARROGUÉ UN MÉRITO QUE NO ME CORRESPONDÍA



Un día de la década de los setenta del siglo pasado, recién salido de la adolescencia, me llegó un telegrama. Pensé que estaría destinado a mi padre puesto que compartíamos nombre, así que saqué a este de los ronquidos de la siesta con intención de entregarle el cuadrado de papel azul. Él, una vez que lo hubo leído, visiblemente aliviado tras comprobar que no se nos había muerto ningún pariente, me lo devolvió. El mensaje parecía aludir a un asunto de escritores y por entonces no vivía en casa más loco que yo. El breve texto decía:

ENHORABUENA QUINTO PREMIO LA TROJE

Era la primera vez que mi vocación poética, aún reciente, resultaba favorecida con un golpe de la fortuna. O al menos eso es lo que me figuré en un primer momento. Más tarde comprendí, antes incluso de haberlo leído en una página de Borges, que la circunstancia de ser conocido reposa con frecuencia en alguna suerte de malentendido.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió. Leído y releído el telegrama, interpreté que mi poema había resultado ganador de la quinta edición del premio antedicho. A mis padres, personas humildes, se les puso un brillo particular en la mirada, mezcla de ternura y orgullo. A las pocas horas ya estaba enterada del feliz suceso toda la vecindad. Un precoz instinto publicitario me indujo a llamar a la redacción de un periódico de la ciudad a fin de que la noticia recibiera la debida difusión.
Para empezar, la persona que tomó nota de los datos al teléfono oyó torcidamente el nombre del concurso, de manera que dos días después, en el encabezado de la entrevista (la primera que se me hizo en mi vida), junto a la foto del bisoño rimador se leía Premio Atroje. La falsa verdad, que ni siquiera era mentira, se fue completando con las subsiguientes felicitaciones y equívocos consabidos, hasta alcanzar el tamaño de un pequeño acontecimiento de la cultura local.
Transcurren las semanas y sigue sin llegarme la estatuilla prometida por las bases del modesto concurso. Llamo. Mi madre, a mi lado, susurra que no hable mucho porque las conferencias son caras. Un funcionario de ayuntamiento me comunica desde un lugar de la Mancha (de cuyo nombre no quiero, etcétera) que en realidad mi poema no había ganado la quinta edición del premio, sino que había quedado en el quinto puesto de la referida edición, lo que me había hecho acreedor de un telegrama de enhorabuena.
Quise aprender algo del caso, pero no supe qué.