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miércoles, 4 de junio de 2014

ESCRIBIR: ¿PLACER DOLOROSO, DOLOR GOZOSO?



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Sorprenden a quienes han tenido acceso a las partituras originales de Wolfgang Amadeus Mozart las escasas correcciones que estas contienen. La creencia común interpreta como síntomas del genio la rapidez y facilidad en la gestación de las obras artísticas. Y es cierto que a Mozart, compositor superdotado, además de prolífico, parecían caérsele por sí solas de la mano, en versión definitiva, las piezas musicales una detrás de otra.
En el polo opuesto, ceño fruncido, cara de enojo, Ludwig van Beethoven es el paradigma del temperamento torturado, nunca satisfecho, riguroso en extremo consigo mismo. Sus partituras, frecuentemente salpicadas de correcciones, tachaduras, añadidos, dan testimonio de un hombre que, pese a sus aptitudes innegables, sufre lo indecible mientras compone. Lo que en el primero surge como fluencia ligera de quien parece jugar y divertirse con lo que hace, en el segundo es resultado de una pugna laboriosa, entreverada de incertidumbre, sudor, descontento, arrebatos.
¿Pasan los escritores, cuando fatigan el bolígrafo, cuando pulsan las teclas, por los prados apacibles del uno o las horcas caudinas del otro? ¿También se dan entre quienes sustentan el arte de expresarse por escrito casos similares de gozo y sufrimiento, de satisfacción lúdica y martirio incesante? Es este un asunto que suele merecer atención en las entrevistas y también en los diarios y memorias. Sería extraño toparse con un escritor sin respuesta. Todos la tienen, claro está que divergentes a la manera como también difieren sus respectivas circunstancias y personalidades. A todos compete, sin embargo, la cuestión, por cuanto afecta de lleno a su idea particular del ejercicio literario y, por ende, al sentido intrínseco de su literatura.
Advertimos una serie de concomitancias cada vez que los escritores revelan detalles de su cocina literaria. Los vemos por así decir atados a una mesa de trabajo, recluidos durante horas, quizá a diario (si se lo pueden permitir, si no les queda más remedio), en soledad creativa. No menos solitaria era su ocupación antaño, cuando, huyendo a menudo del frío de un cuarto sin caldear, los escritores redactaban a pluma en los cafés, rodeados de gente y humo de tabaco. Allí, engolfados en la tarea alimenticia o vocacional, permanecían envueltos en una especie de burbuja invisible que los aislaba del bullicio circundante. A partir, pues, de su historia personal de la escritura nos es dado comprobar si los escritores pertenecen a la especie de los que sufren o disfrutan escribiendo, de los beethovenianos o los mozartianos, tendencias estas que, por supuesto, no podemos tomar seriamente en consideración sino después de haberlas pasado por el cedazo de los matices, las graduaciones, las salvedades.
 
La escritora de origen rumano y lengua alemana, Herta Müller, es un miembro destacado del populoso grupo de los sufridores sin paliativos. En su caso particular, la razón de ello reside principalmente en la cantera autobiográfica de la que la escritora, de una manera punto menos que obsesiva, suele extraer la materia temática para sus escritos. Poco dada al trato social, a Herta Müller no le quedó otro remedio que resignarse a las intervenciones públicas y las entrevistas sin cuento con ocasión del Premio Nobel que le fue concedido en 2009. Data de entonces una afirmación suya que ha hecho fortuna. Es habitual hallarla repetida aquí y allá. Herta Müller dijo: “Tan sólo los idiotas escriben a gusto”. Tan rotundo postulado establece que la literatura, por distintos motivos, entre los que no pueden obviarse los históricos y morales, consiste en una actividad esencialmente grave.
Por si algún escritor propenso a vincular el trabajo y el disfrute se sintiera atacado por la afirmación de Herta Müller, bastaría para su tranquilidad y consuelo añadir un enunciado complementario: Escribir a disgusto, con dolor o con pena, no exime a nadie de ser idiota. ¿Desde cuándo la seriedad implica por fuerza perspicacia? ¿Qué ley prescribe que el gozo excluye la profundidad? Lo mismo se puede ser el típico idiota que goza escribiendo que un idiota vulgar y corriente que lo pasa mal ejecutando idéntica tarea. No obstante, si nos paramos a examinar las palabras de Herta Müller y si, además, sus libros no nos son del todo desconocidos, constataremos que su declaración constituye algo más que un simple desplante.
Y es que Herta Müller escribe por lo regular desde una experiencia traumática. Su escritura concadena episodios, confidencias, reflexiones, que actualizan una herida personal, abierta durante los años de represión y miseria bajo el régimen comunista de Rumanía. No es sólo que sus evocaciones asentadas por escrito renueven un viejo e incurable dolor, sino que este mismo dolor íntimo constituye el impulsor principal de la literatura de esta excelente escritora. De ahí que sus libros, por lo general breves, además de fuertemente autobiográficos, posean la apariencia de facetas de una obra mayor o, por mejor decir, de una obra única repartida en títulos distintos y compuesta con un evidente propósito testimonial de denuncia. Así las cosas, a nadie puede extrañar que la práctica literaria no suponga para Herta Müller una actividad placentera, aun cuando dicha práctica le haya procurado recompensas materiales y reconocimiento internacional.
En el extremo contrario, pocos han establecido un vínculo tan estrecho, acaso tan radical, entre escritura y placer como Francisco Umbral, para quien, según sus propias palabras, escribir, incluso con independencia de la gravedad del tema, era fundamentalmente una actividad lúdica. Él lo decía muy seriamente: “La escritura es la gran fiesta de la libertad y por tanto un goce”.
Prevalece, pues, en el juicio de Umbral una conciencia positiva, según la cual la escritura se revela como un medio útil para alcanzar fines, para obrar efectos. Mientras que Herta Müller traslada a texto experiencias vitales relacionadas con una realidad fija que reaparece, inmutable, una y otra vez en sus escritos, Umbral gusta de intervenir sobre las cosas, cambiarlas y reordenarlas, conferirles un sentido a la medida del escritor, de tal manera que el producto final (los libros, los artículos), por consistir en actos de reafirmación, incluso de conquista, está acompañado a menudo de satisfacción. Sus escritos no tienen menos peso autobiográfico que los de Herta Müller. La diferencia principal entre ambos estriba en que con cada uno de ellos Umbral supera, borra un pasado ingrato de humildad famélica y provinciana, y Herta Müller recrea de continuo el suyo con todo su dolor intacto.
Dos modos, pues, opuestos y legítimos de entender la escritura; dos hemisferios, de gozo el uno, de sufrimiento el otro, por los que se reparte la suma de escritores que en el mundo han sido, yendo y viniendo de una zona a otra o incluso frecuentándolas de forma alterna o simultánea. Escribir, quién lo ignora, puede resultar en ocasiones una actividad desesperante que conduce a resultados satisfactorios y viceversa. De mejores cartas, sin embargo, de cartas infalibles, parecen disponer aquellos que hallan gusto en la mera actividad de la escritura sin supeditar esta a finalidades más o menos extraliterarias que a menudo, no cumplidas o cumplidas parcialmente, generan frustración.

(Este artículo se publicó en el suplemento Territorios el día 10 de noviembre de 2012.)