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miércoles, 4 de junio de 2014

LA PRIMERA AMAPOLA



 No sé de dónde me viene la afición por las amapolas. Un día, hace seis o siete años, en el supermercado, vi por azar un paquete de semillas y lo compré. No es planta exótica en mi país de residencia; pero me parece que tiene un poco más de prestigio poético que allá donde nací. Mi madre, que es navarra, las llama ababoles. Bueno, está bien; pero es palabra que rompería la eufonía en un soneto. El idioma alemán le asigna un nombre que me hiere en el oído: Klatschmohn. Amapola me gusta más.
Sigo. Todos los años cultivo amapolas en un pequeño cuadrado de tierra. Las cultivo para agradar la mirada. Para qué, si no. Ni huelen ni sirven para un ramo. La flor dura poco. Los pétalos se desprenden con facilidad. La planta es áspera. Atrae pulgones. Las amapolas tienen fama de intrusas en campos de pan llevar. Quizá por eso me identifico con ellas. Ni huelo ni sirvo... Y, como esto siga así, terminaré atrayendo pulgones.
Las amapolas, al principio, son tímidas. Les cuesta romper el capullo, mostrarse. Mandan por delante a una. A ver, tú, sal a mirar. La elegida sale, obediente, y da aviso a las demás. Entonces no hay freno. Amapola va, amapola viene. Colocan su rojo descarado en medio de la mañana y las abejas y los aberrojos acuden a ellas como puteros al burdel.
Me brotan de tres colores: el rojo bermellón, que es mi favorito; el rojo pálido, casi anaranjado, y alguna que otra vez, misteriosamente, el rosa. Sé (las he visto en fotos) que también las hay amarillas, pero no es mi culpa.
Decía Borges que estaba orgulloso de los libros que había leído. Yo estoy orgulloso de las amapolas que miro.