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jueves, 26 de junio de 2014

MIS DIEZ SITIOS FAVORITOS DE MADRID

El texto que a continuación publico estaba inicialmente destinado al periódico El País. Debía formar parte de una serie en la que diversas personas de la cultura refieren razonadamente sus diez lugares favoritos de Madrid. La publicación del texto en el periódico se frustró por causa de la foto. No servía la que envié. Necesitan por lo visto una con determinadas características. Me propusieron guardar el texto hasta que yo viaje a Madrid y pueda hacerme la mencionada foto. No tengo previsto dicho viaje. Conque he preferido traer el texto a este blog, acompañado de las imágenes que yo mismo he elegido.
                  
                                                 La cuesta y la estatua

1.- Ir a Madrid y no pasar por la Cuesta de Moyano sería para mí como ir a San Sebastián y no ver a mi madre. Empiezo el rastreo desde arriba. Hago las compras a la vuelta, de subida, una vez examinado el género en la pasada anterior. Sobre todo, antiguallas de la vieja colección Austral. No me gusta regatear ni que me timen; tampoco me apasionan los libros mohosos. Al final me llego hasta la estatua de Baroja y le enseño el botín. No dice nada, pero yo sé que cambiaría a gusto su sitio por el mío.
  En la plaza de Santa Ana
2.- Si hace buen tiempo, disfruto sentado en una terraza de la plaza de Santa Ana, sobre la mesa una jarra de cerveza y, al lado, un amigo. Dos ya es demasiada muchedumbre para mí. Si estoy solo, me entrego a la contemplación siempre fascinante de los transeúntes.
3.- Me produce un pinchazo de felicidad el sonido de mis pisadas por los senderos arenosos del Retiro, mientras paseo sin prisa ni rumbo a la rica sombra de los árboles. También aquí saludo a Baroja, aunque no está. Con suerte, me viene de pronto a las mientes un aforismo y me apresuro a tomar asiento en un banco y anotarlo.
4.- Tengo poco aguante en los museos. A los diez minutos se me va la concentración, se me rebelan las piernas, se me embotan los órganos de la curiosidad y la admiración. Pero los diez primeros minutos en el Prado, en el Thyssen o en el Reina Sofía consigo vivirlos con razonable intensidad. Intento por consiguiente consagrarlos al deleite seguro. Pongamos, En el jardín de la delicias, de El Bosco, siempre que no haya un fulano cerca trivializando el cuadro con sus comentarios.
5.-En cambio, no me canso de agasajar al paladar. En pocos sitios he comido mejor pescado que en algunos restaurantes de Madrid cuyo nombre omito por no incurrir en la propaganda gratuita. Todavía brillan apetitosos en mi memoria, con su aceite y sus cachitos de perejil, unos filetes de xapo (rape, que le dicen) en salsa por los días en que Tusquets Editores me invitó a promocionar Fuegos con limón. Tiene su gracia reservarse un flanco de paleto en la gran ciudad. O sea, que en otra ocasión comí, en compañía de la poeta Amalia Iglesias, unas alubias fastuosas, perfectas, de Tolosa en un local de modesta decoración y con eso a mí Madrid me ganó para siempre. Para colmo, a la salida, en la calle, vi un saltamontes parado en un muro. Por poco me hinco de rodillas.
6.-Me gusta el metro. El bamboleo simultáneo de cabezas, el chasquido de las puertas, la chica que lee, el gomoso que se ensaliva los dedos y se alisa el pelo mirándose en el cristal de la ventanilla, el anciano dormido, el negro, los dieciséis japoneses (o chinos o coreanos) consultando sus respectivos planos de la ciudad.
                     
 El café por fuera y por dentro
7.-Por más que lo he intentado, no he conseguido cogerle manía al Café Gijón, donde conocí, una mañana de 1979, al poeta gallego Celso Emilio Ferreiro. Me regaló un poema manuscrito y a los tres o cuatro días falleció. He vuelto en repetidas ocasiones al café, siempre solo; pero no sé por qué al poco rato me entra sueño.
             
 El café y Landero
8.- En el Café Comercial, allá por la Glorieta de Bilbao, conocí a Luis Landero y esto, claro, en mi consideración levanta el sitio hasta una categoría monumental. Landero estaba aquel día muy cabreado con el Gobierno y con España y con todo. Luego me contó la historia de un pajarito que tenía en casa, en una jaula, y vino el cernícalo del barrio y se lo mató. Grande Landero.
                          

 La librería y la librera
9.-Como tantos otros antes y después de mí, he conocido la dicha de presentar un libro en la librería Alberti, la gente apretada ahí abajo, todos juntos, en familia, que hasta, si se fija uno con atención, puede verles el color de los calcetines a los asistentes. Y Lola Larumbe, la propietaria, que me procura el oportuno euforizante en forma de vino tinto y me da un beso al llegar y otro al despedirme.
 
10.-Los ojos me dan las gracias cada vez que los pongo a mirar el Edificio Metrópolis por fuera.