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sábado, 7 de junio de 2014

NOTA DOMINICAL ACERCA DEL PATRIOTISMO



Desde joven padezco dos alergias. Una, estacional, al polen de los abedules; otra, crónica, a la palabra patria. Hace tiempo que me tomé la libertad de abolir las fronteras nacionales entre seres humanos. Esas fronteras persisten, pero fuera de mí. Carezco de aptitudes para exaltarme cuando llega a mis oídos el chunda chunda de los himnos, con todo eso de la sangre, la unidad y la victoria. No acostumbro besar suelos y antes que una bandera preferiría enarbolar un poema, una manzana, la foto de un amigo. Siento, eso sí, un apego sereno, una identificación agradecida y a ratos nostálgica, por las formas culturales en que me crié; me gusta que mis paisanos triunfen en la vida (el deportista tal, el cocinero cual) y no ignoro que la Alemania de ahora, donde resido, culta, democrática y apenas armada, es un sitio muy a propósito para entregarse a actividades creativas y dormir sin sobresaltos.