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lunes, 21 de julio de 2014

CUESTIÓN DE ESTILO LITERARIO



Algunas personas más o menos expertas en asuntos literarios suelen mostrar antipatía, incluso hostilidad, por aquellos escritores que aspiran a un estilo propio. No faltan entre dichas personas las que incurren en una ostensible contradicción. A fin de poner en tela de juicio el deseo que muestran algunos autores de ser originales, afirman que desde la Grecia clásica no hay nada nuevo bajo el sol. Aún más, sostienen que las ideas son anteriores a quienes las albergan, de igual manera que los idiomas preceden a los hablantes. Así pues, todo lo que uno puede hacer con las ideas y con el idioma, al menos en el área de la creación literaria, son simples variaciones. No se entiende que quienes propugnan tan riguroso principio censuren a continuación la única novedad admitida en su postulado, la que consiste en decir de un modo distinto y, por tanto, con un toque personal lo que se supone que en el curso de los siglos ha sido dicho en innumerables ocasiones. Dejan en consecuencia sin explicar por qué existe la literatura como actividad creativa después que haya sido presuntamente agotada la materia expresable.
Sabido es que en otros tiempos la posibilidad de acceder al dominio de las letras estaba limitada a los hijos de familias pudientes. Ellos eran, junto con el clero, los únicos aptos para el ejercicio de la cultura superior, mientras que el pueblo llano, absorbido por los trabajos de subsistencia, debía contentarse con formas culturales bastante más simples. Esta separación desfavorable a tantos ciudadanos desprovistos de bienes y derechos se deshizo durante el siglo XX en las sociedades desarrolladas. Desde que surgieron las clases medias y se generalizó la enseñanza escolar, el cultivo de la escritura con fines estéticos no está limitado a los ricos y poderosos ni constituye una seña social de identidad. El prejuicio, sin embargo, persiste, no siempre sostenido por personas que ignoran el aspecto que tiene por dentro una facultad universitaria. Incluso entre potentados resulta de buen tono hoy día favorecer los modos expresivos chabacanos. Hasta hace poco tiempo se tenía por lujo escribir libros con un vocabulario más o menos selecto, como si hubiera partes del léxico privativas de bolsillos acaudalados. La llamada poesía social no fue sino la aplicación estricta de este principio reductor, derivado a su vez de las directrices del realismo socialista. El resultado fue aproximadamente el contrario del que se perseguía y el arte de masas acabó asentándose en la trivialidad que aún padecemos.
Por lo general, se tiende a tildar de elitistas, de retóricos o pedantes a todo aquellos autores que practican un estilo alejado del habla común. Antes se le perdona al escritor una cacofonía, una inexactitud, un giro inelegante, que un vocablo desusado o un adjetivo con pretensiones de altura literaria. No era raro en viejos tiempos que se dudase de su cordura o se diese por sentado su amaneramiento. En la Unión Soviética se les llamaba formalistas, apelativo que con frecuencia antecedía a una condena. Luis de Góngora, por su osadía de extremar los rasgos de la lengua poética, tuvo que aguantar escarnios múltiples. Por razones similares, Gustavo Adolfo Bécquer fue menospreciado siglos después por poetas que hoy no recuerda casi nadie.
Quizá esta antigua animosidad frente al hombre que se adentra en zonas de lenguaje desvinculadas de los usos colectivos provenga de una falta de disposición general o de un exceso de pereza para admitir que un individuo se tome la prerrogativa de alterar el instrumento sin el cual los seres humanos no sabrían ir de aquí allá: el lenguaje. Y, en efecto, intuimos la intervención de una mano saboteadora en toda novedad introducida en el instrumento comunicativo común.
Un ejemplo. Todos aceptamos desde la niñez la convención según la cual la palabra perro designa a un perro. Quien dice perro, dice dog, txakur, Hund o lo que sea, pero en todos los casos el hablante pronuncia unos sonidos o traza unos símbolos que en su persuasión encierran aquello que desea expresar, con la certeza añadida de ser entendido. ¿Cómo no va a irritar el que de pronto venga un espabilado, un metomentodo, un vanguardista de las puñetas, y se invente por las buenas un nombre para lo que siempre hemos llamado perro (dog, etc.), y desordene el idioma, desempolve arcaísmos, tire de neologismos y tecnicismos y nos obligue, en fin, a repensar el mundo que creíamos fijo? Se entiende que tantas actividades artísticas avancen conforme a corrientes y modas. El público necesita remansos de asimilación. Y, sin embargo, ¿cómo podría haber creación si no se inventase nada?
Es altamente posible que un lector familiarizado con la buena literatura en lengua española reconozca unas líneas de Borges aunque las lea por vez primera. A menudo percibimos la manera de unos escritores en otros. Es imposible imitar los tonos, los giros, el ritmo de los poemas de Federico García Lorca o de Jorge Guillén sin que se note. Y es práctica habitual entre escritores, según lo han confesado no pocos de ellos, empezar la jornada laboral leyendo unas páginas de otros escritores a fin de tomarles el pulso verbal y contagiarse de determinadas particularidades expresivas.
Uno de los elementos que con mayor fuerza singulariza la escritura de aquellos genios es el estilo. Un estilo definido nos puede resultar en mayor o menor medida natural; pero la supuesta naturalidad es un espejismo nacido de una superficial identificación de los componentes de la realidad y los símbolos con que tratamos de expresarlos. Lo propio y natural de la mayoría de los seres humanos es escribir en forma mimética y deficiente. Que un escritor componga textos con una modulación especial, además de rara (y es inevitable que lo que atenta contra las convenciones lingüísticas despierte al principio extrañeza), es un logro al alcance de contados escritores. Y, contra lo que suele afirmarse, no es esta una cuestión que se resuelva únicamente en el laboratorio del escritor, por cuanto no hay estilo singular sin un temperamento literario que lo sustente. Dicho de otro modo, más allá de tres o cuatro renglones es imposible impostar un estilo inconfundible.
Esta circunstancia no pierde validez porque algunos opinadores subestimen la existencia del conjunto de propiedades instranferibles que hacen que un texto suene a fulano de tal y a nadie más. Por fortuna, la literatura no es una consecuencia automática de una asociación combinatoria de ideas y palabras. Toda obra literaria procede de la perspectiva de un hombre a menudo solitario y es la particular manera que tiene el mundo de repercutir en él y la conversión de esta experencia intransferible, pero comunicable, en texto lo que hace posible y múltiple la literatura.
Saltan a la vista las diferencias de todo tipo entre un poema de Rubén Darío, abundante en elementos decorativos, y uno prosaico, sentimental, de Gabriel Celaya. Nada nos impide disfrutar de ambos. Que uno, en una determinada época histórica, llegue a más lectores que otro es algo que el poeta no puede decidir de antemano. Tal decisión depende en buena parte de la comunidad lectora y de los gustos de la época. No es en modo alguno improbable que dentro de cien años el poema de Rubén Darío sea más popular que el de Celaya y que, transcurridos otros cien, se invierta la predilección.
El lector está en su derecho de establecer su rango de preferencias y todos sabemos que no siempre lo que más nos agrada o nos emociona es lo mejor. No parece, en cambio, legítimo reprochar a un escritor su estilo. Ello equivaldría por un lado a reprobar su manera particular de entender y expresar el mundo, y por otro a impedirle la libre elección de los asuntos y las palabras de sus obras. Un escritor que afea el estilo de un contemporáneo incurre, además, en una clara manifestación de soberbia al dar a entender que su propio estilo es el acertado, el conveniente, en fin, el preferible. Aparte de que, si todo el mundo escribiera igual, no habría estilo ni habría literatura, y toda la vida cultural consistiría en un incesante pitido.
(Este artículo se publicó inicialmente en el suplemento Territorios el día 31 de agosto de 2013.)