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miércoles, 6 de agosto de 2014

UTILIDAD DE LA QUEJA CULTURAL



Elias Canetti escribió que se queja quien considera que merece más o mejores cosas. Por regla general, la queja entraña una protesta inmediata a una decepción. Algo a lo que me creo con derecho no me gusta y, en consecuencia, me quejo. Esperaba algo mejor o esperaba más y, como además he pagado, ostento un cargo o he hecho esfuerzos por obtener aquello de lo cual me creo merecedor, protesto, exijo, acuso.
Se deja deducir en quien se queja que abriga cierto concepto positivo de sí mismo. Sería raro que un hombre que llevara siete días sin probar bocado rechazase una dorada al horno porque a esta le falte sal. Y quien mucho se queja, me da a mí que en mucho se tiene.
Fuente inagotable de queja son las materias culturales. Se lee poco, no se enseña bien la literatura en las escuelas, los telediarios apenas prestan atención a la poesía, los escritores se venden al poder, los premios literarios están amañados.
Yo he encontrado en verano utilidad a esta clase de quejas. En los días de calor, antes de exponerme a los rayos solares, me embadurno la piel con las susodichas quejas. Por ejemplo, si las encuentro en un periódico o en una revista, me paso las páginas por el cuerpo, sin perdonar zona por íntima que sea. Si las escucho en la radio o la televisión, me froto bien frotado contra dichos aparatos, sin importarme poco ni mucho lo que piensen de mí mi familia y mis vecinos.
Y así, bien protegido de los rayos ultravioletas y de cualesquiera otros rayos con una adecuada capa de quejas ajenas, salgo a pasear, a cazar moscas, a dar algún que otro lametón a las ruedas de los camiones. Normal, ¿no?
Huelga decir que aspiro a ser imitado, a crear escuela.