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lunes, 27 de octubre de 2014

CONTRA LA COSTUMBRE DE LEER LOS LIBROS DE UN TIRÓN


Ilustración de Max.

La intención es buena. Uno ha disfrutado con un libro y afirma en público que lo ha leído de un tirón o de una sentada, como queriendo decir que el referido libro tiene tanta calidad que no ha podido parar de leerlo o que lo ha leído rápidamente por lo apasionante que le resultaba su lectura.
La incontinencia verbal lleva a algunos todavía más lejos en el empeño hiperbólico. Son los que afirman, por las razones arriba consignadas, haber devorado cierto libro. Se me hace a mí que en tales ocasiones olvidan que con frecuencia las palabras no solamente significan lo que uno quiere que signifiquen o cree que significan. Convengo en que estas frases elogiosas, la primera vez que se dijeron, estaban bien. Alguien esforzó su ingenio, las inventó y, como sucede con las manadas, tomó la delantera, abriendo camino. El resto simplemente va detrás.
A mí no me parece que se le hace una publicidad adecuada a un libro asegurando que se lee a toda leche. A lo mejor es que soy muy raro, pero por regla general las obras que más deleite me procuran y más interés me despiertan piden de mí una lectura reposada, que a ser posible no deje escapar ningún matiz, que me permita la vuelta a pasajes particularmente brillantes, eufónicos, bien escritos. Si el libro entraña, además, alguna dificultad, me cabe la opción de descubrir y aprender. Para averiguar tan sólo quién es el asesino o si los náufragos alcanzarán la costa, me basta el periódico.
Los buenos libros me recuerdan a los buenos vinos. Uno no se los trinca de un trago; antes bien, pasándolos calmadamente por la lengua y el paladar, poniendo a trabajar con concentración y esmero a cada una de sus papilas gustativas. ¿O no?