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domingo, 5 de octubre de 2014

EL TÍPICO CONFLICTO ALMA/CUERPO





Esta alma mía se niega a comprender. ¿Cuántas veces le he explicado que sólo tengo dos manos y me resulta por consiguiente imposible ocuparme del cuerpo y de ella al mismo tiempo?
Esta mañana, en un momento determinado, el cuerpo necesitaba bebida y alimento. Es un poco pelma el cuerpo, la verdad sea dicha. Un poco no, bastante. Me podría decir tranquilamente: oye, tengo hambre, cuando te venga bien échame por favor algo de manduca. En lugar de eso, enseguida pierde la paciencia, reclama sin contención, me da mareos. Y, claro, el alma, más suave y retraída de carácter, cede siempre.
Total, que me he sentado a una mesa a fin de contentar al cuerpo con un café con leche y un trozo de tarta de manzana. Normal, ¿no? Al instante, el alma celosa me viene con súplicas, mimos y reproches: que se nota que quiero más al cuerpo que a ella, que no le presto la suficiente atención, que también tiene sus necesidades... Lo que faltaba.
Y me implora y yo no sé qué desea. Se lo pregunto; pero, ofendida, no me responde. O si me responde, es para decirme en tono lastimero que si le hiciera más caso yo sabría de sobra lo que necesita y lo que quiere y lo que espera. ¿No te me vas a poner a llorar aquí, delante de la gente?, le digo. Pues si no haces nada tú verás, me replica. ¿Te apetece una experiencia espiritual, un trance místico, un hondo pensamiento? Dice que está de todo eso hasta el moño. ¿Entonces? Me propone un trato. ¿Qué trato? Que yo le dé al cuerpo fe, elevación, llama de amor viva, y a ella el trozo de tarta que está encima de la mesa.
¡Anda ya!
Entre el uno y la otra me van a volver loco.