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martes, 14 de octubre de 2014

¿QUÉ OPINA USTED DE LA LUNA?




Mi padre, que en paz descanse, era obrero en una empresa de artes gráficas. A veces me hacía fotocopias para la universidad o me traía tacos de papel para tomar notas. Un día le pedí que me imprimiera unas tarjetas con una pregunta: ¿Qué opina usted de la luna? Pude haber puesto luna con mayúscula inicial, pero no quise o no tuve un día particularmente astronómico.
Mi padre cumplió. Mi padre cumplía siempre. Me trajo de la fábrica un fajo precioso de tarjetas de color turquesa. Le pedí más. Me las trajo de un azul más vulgar. Por razones para mí inexplicables, en algunas de las primeras faltaba la tilde del pronombre interrogativo. No importa. La pongo a mano y santas pascuas.
Tendría yo en torno a los dieciocho años cuando empecé a coleccionar respuestas manuscritas a la referida pregunta. En principio mis destinatarios serían escritores. Con el tiempo fui incorporando a otro tipo de profesionales. Recuerdo mi descomunal alegría cuando me llegó la respuesta de Miguel Delibes. Porque no se trataba tan sólo de que el destinatario se tomase unos minutos para escribir una ocurrencia; es que además debía introducir la tarjeta en un sobre, pegarle un sello costeado de su peculio y echarla a un buzón. Demasiado pedir. Y todo para dar gusto a un desconocido.
Me atreví con políticos de la época. Mandé con dirección a las Cortes sendas tarjetas a Adolfo Suárez, Felipe González y Manuel Fraga. Sólo respondió este último, citando erróneamente a Goethe. No por ello le estoy menos agradecido.
Después me fui a vivir a Alemania y me olvidé de la colección durante largos años, hasta que, a mediados de los noventa, empecé a publicar libros y a hacerme un poquitín (bueno, un poco) conocido, lo que facilitaba los contactos, principalmente con escritores.
Hoy la colección abarca 234 respuestas y aún me quedan tarjetas, si bien algún día se terminarán y entonces adiós muy buenas. La última me la envió recientemente el poeta Antonio Lucas. Nunca he hecho ni haré un uso interesado de ellas, por cuanto ni siquiera considero que me pertenecen. Alguien se fue hace unos años de la lengua y desde el suplemento Babelia me preguntaron si accedería a publicar unas cuantas. Dije que no. ¿Mi propósito? Reunir una especie de banco con muestras de la letra de escritores y, en fin, de gente creativa de mi tiempo, y legarlo a su debida hora a alguna institución que lo merezca.
He constatado que los escritores consagrados son los más rápidos en su generosidad. Todavía estoy viendo a Mario Vargas Llosa, a la sazón ya Premio Nobel, agarrar la tarjeta, apoyarla sobre el tablero de una mesa cercana, manuscribir con toda naturalidad unas líneas y darme un abrazo.
Fernando Arrabal se quedó la tarjeta y me mandó una suya, bastante más grande, con dibujos por él trazados. Enrique Vila-Matas adjuntó a la suya un ejemplar dedicado de París no se acaba nunca en portugués. Le correspondí con un ejemplar en eslovaco de mi libro No ser no duele.
Tengo asimismo tarjetas respondidas en otros idiomas. En inglés (Donna Leon, David Lodge), en alemán (David Safier, Günter Wallraff), en francés (Frédéric Beigbeder) y, por descontado, en gallego, euskera y catalán. No escasean los escritores premiados con el Cervantes. Algunos tuvieron la amabilidad de complacerme antes de haber obtenido el premio (Gamoneda, Marsé, Caballero Bonald, el evocado Delibes), por lo que creo que traigo suerte.
En todos estos años sólo hubo una persona que se negara expresamente a responder, una joven escritora cuyo nombre guardo para mí. Me envió una larga y confusa explicación por correo electrónico para exponer los motivos de su negativa. Huelga decir que agregué su mensaje a la colección. Hay tres que perdieron la tarjeta y me pidieron otra. De ellos, dos no respondieron tampoco a la segunda. No habrá una tercera. No faltan quienes dejaron sin corresponder a mi solicitud. Eso sí, quien participó tiene buenas cartas conmigo, de forma que si me pide un favor, una colaboración, lo que sea, es harto difícil que no lo complazca.
Arriba de esta entrada he reproducido mi tarjeta, la única que puedo mostrar sin pedir permiso. Las hay francamente hermosas, originales, afectuosas.