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sábado, 30 de agosto de 2014

UNA LANZA EN FAVOR DEL PUNTO Y COMA



 
Profeso una sosegada simpatía al punto y coma; lo uso. ¿Cuándo? Cuando compruebo que me pone orden en el tráfico de las palabras. Por ejemplo, en las enumeraciones largas con incisos, como es el caso presente; en las concesivas (así las llamábamos en mi lejana época de colegial) de cierta longitud; cuando un punto y seguido me pone un tajo demasiado separador entre dos oraciones breves. También en algunos casos de elisión: Este es bobo; ese, listo. (Desnudé de tildes los pronombres demostrativos hace cosa de diez años; desde entonces los llevo calvos.)
Tiene un poco de mala fama el punto y coma, particularmente entre quienes no saben manejarlo. Son los mismos que abogan por el ajusticiamiento de las haches, los acentos diacríticos y de cualesquiera elementos de la escritura cuyo manejo razonable presupone el conocimiento de las normas. No desconozco aquello que escribió Kurt Vonnegut con respecto al punto y coma. Es habitual que algunos citen la afirmación sin acordarse de que el recomendante se refería a la lengua inglesa. Sería, en efecto, pueril emplear el punto y coma sin otro propósito que demostrar que se ha ido a la universidad. Sería casi tan pueril como ocultar en forma lingüística que uno tiene estudios universitarios.
Para los que venimos de la parte baja de la sociedad, haber asistido a una universidad no nos produce una mota de vergüenza. Por eso, cuando el hijo de mi madre escribe un punto y coma no siente que está luciendo carroza en el arrabal ni renegando de su estirpe Yo me conformo tranquilamente con emitir el mensaje de que mediante el estudio y la formación, las lecturas y el conocimiento minucioso del idioma, hay una posibilidad de salir del arrabal.
Así que seguiré usando el punto y coma como uso verbos, paréntesis y uves dobles, de la misma manera que no pongo en el borde del plato, durante las comidas, los tropezones que no me gustan o que me han dicho que no me tienen que gustar.
Por cierto, ¿cómo se dice punto y coma en plural?

martes, 19 de agosto de 2014

ADIÓS PARA SIEMPRE A LA ENCICLOPEDIA BROCKHAUS

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En este país al que me vine a vivir un día, lucir en la sala de estar los voluminosos tomos de la enciclopedia Brockhaus ha sido por espacio de dos siglos un signo de distinción social, lo mismo que poseer un piano o tomar el té en un mirador con vistas a los rododendros del jardín. Cuentan los que saben que todos los volúmenes juntos pesan setenta kilos. En torno a los 2500 euros cuesta (costaba) la edición impresa.
He leído que se acabó la Brockhaus para siempre y con ella una forma de hacer despensa de conocimientos. Nunca más volverá a imprimirse. He pensado en Borges, que amaba las sorpresas que deparan las exploraciones azarosas de la enciclopedia. He pensado también en las múltiples ocasiones en que me entretuve repasando mapas, admirando retratos, leyendo entradas curiosas del Espasa o de mis modestos seis volúmenes de la enciclopedia Focus, que le compró mi madre a la puerta de casa, en los años sesenta, a un vendedor ambulante.
Bertelsmann se hizo con los derechos de edición de la Brockhaus en 2009. Sacó la vigésimo primera edición, que ya por siempre será la última. Setenta redactores compusieron hace algo más de doscientos años la primera en Leipzig. Un monumento al saber. Un monumento de papel y tapas de cuero negro que internet hace, no sé si innecesario, pero en cualquier caso poco práctico. En adelante, sólo estará disponible en ediciones de segunda mano que buscarán los bibliófilos y el tiempo seguramente encarecerá. Los usuarios actuales pueden, previo pago, consultar la versión digital; aunque a mí me da que de este modo se pierde un maravilloso componente de placer. Todo tiene su época, todo acaba.

lunes, 18 de agosto de 2014

NOMBRES DESORDENADOS DE ESCRITORES



Empecé a tomar conciencia del asunto hace veinte años, con ocasión de la lectura de una novela de Juan José Millás. Se me ha borrado un poco el argumento. Iba de un tipo que trabaja para una editorial. Hay mujeres. No he olvidado, en cambio, que me causó una grata impresión. Tampoco he olvidado el título, El desorden de tu nombre.
Me acuerdo del título siempre que pienso en los apellidos de tantos escritores españoles actuales y constato la escasa, por no decir nula, coherencia entre el nombre y el nombrado. No es que el asunto constituya un problema relevante en los tiempos que corren, por más que la importancia de las cosas no la dan las cosas mismas, sino quien las juzga. Esto ya lo dijo algún filósofo. Y, por lo demás, vivimos jornadas de protesta y queja, y nota uno en el ambiente una especie de sutil vibración que lo anima a alimentar la hoguera general con sus propios y modestos leños.
A mí me tienen dicho que los apellidos, con las debidas salvedades, alguna vez fueron mote o lo parecieron, en el sentido de que servían para designar particularidades físicas, oficios, procedencias y demás del primero a quien nombraron. Es deducible que hubiera algún vaquero, zapatero o escudero entre los antepasados de quienes se apellidan así en la actualidad. Yo lo siento por quien en tiempos remotos, no sin motivo, fue llamado Feo o Cabezón. Y más o menos me imagino los orígenes de Malo y de Verdugo, sin olvidar a Ladrón, el de la honrada casa de Guevara, que según la leyenda salvó a un rey. Que el primer Herrero herró y el primer Vizcaíno no procedía de Elche es asunto que admite escasas dudas.
Hoy día un niño nace y al poco rato se llama cualquier cosa. Ahora el botín dirige un banco, el zapatero preside un gobierno y el hidalgo limpia ventanas hasta el día en que le llega la carta de despido. A Casas lo desahucian, Bueno está en la cárcel, Calvo luce melena y Blanco es negro. Y lo mismo que hay mujeres Macho hay varones Marías, y en tal sentido, y para resumir, la contribución al caos nominal de los escritores actuales españoles es notable. Unos cuantos ejemplos lo demuestran con claridad.
Conocí brevemente, con ocasión de una feria del libro, al novelista Andrés Barba, quien, además de intercambiar palabras cordiales conmigo, llevaba la cara rasurada como un pomelo. Allí pasé buenos ratos con Antonio Orejudo y la verdad es que no, ni por delante ni por detrás. A Antonio, que fue profesor de universidad en EE.UU., le pregunté un día cómo le pronunciaban los colegas, alumnos y vecinos norteamericanos el apellido. En efecto, se lo trituraban. Yo en su lugar también habría escrito Un momento de descanso, novela en la que Antonio desplegó su temible artillería humorística.
Pero no nos desviemos del tema. Los escritores Justo Navarro, Elvira Navarro e Hipólito G. Navarro, como su común apellido no indica, son andaluces, de la misma manera que el poeta Vicente Gallego es valenciano, Juan Madrid nació en Málaga y Javier Azpeitia no es guipuzcoano. Un caso parecido es el de Jon Bilbao, pero hay que reconocerle buena voluntad a este escritor, pues, originario de Asturias, reside donde indica su apellido. Podría haberse juramentado con Álex Oviedo para llevar a cambio un intercambio de residencias, pero a Oviedo no hay quien lo mueva de Bilbao. Lento en la ejecución, aunque va por el buen camino, es Paul Viejo.
No se puede decir lo mismo del poeta Luis Alberto de Cuenca. Imaginen la escena. Buenas, ¿es usted de Cuenca? No, soy de Madrid. Yo me refiero a si usted es de Cuenca. Ya le he dicho que soy de Madrid. Introdúzcase en la escena a Ignacio del Valle, asturiano, y casi casi repetimos el diálogo. ¿Y qué decir de Lorenzo Silva? Por mí que silbe, pero, por favor, con b, y si es silva de selva, ¿acaso hay jungla en Getafe, donde él vive, que yo sepa, sin toparse por la acera con leones?
A mi amigo José Ovejero nunca lo vi con zurrón ni pelliza. A Antonio Colinas lo conocí en un llano y me pareció hombre de trato llano. Fanny Rubio, a menos que se tiña, es morena de cabellos y a mucha honra. ¿Tendrá el dramaturgo Francisco Nieva vocación de nube de invierno? Me presentaron en cierta ocasión a Ismael Grasa y al punto me percaté de que era magro y es posible (y agradable) abrazarlo sin pringarse. Y en cuanto a Martínez de Pisón, salí con los pies intactos cada vez que lo vi. No diré de Almudena Grandes, risueña y afectuosa, si las tiene o los tiene como proclama su apellido porque tanto, tanto, no la conozco. Ignoro si Eugenia Rico es hija de multimillonario o Elvira Lindo de hombre apuesto y agraciado, por más que, conociéndola a ella, no me extrañaría.
Estos escritores y otros de nombres más ordenados, se dijera que más fiables y consecuentes en la vinculación del significante con el significado, sostienen con su talento la literatura española de nuestros días. La cual, contra la convicción de algunos que acostumbran aparcar su humor en la parte sombría de la calle, atraviesa un momento dulce y aun puede que mi dictamen se quede corto.
No se anduvo el pasado con mayores chiquitas a la hora de asignar apellidos incongruentes, risibles o de dudosa musicalidad a los escritores. Si hubo dos poetas finos, estrictos en la ejecución estética, refinados de obra, de vestimenta y de palabra, esos fueron Juan Ramón Jiménez y Luis Cernuda. Pues bien, por razones que se dejan imaginar, el primero puso tenaz empeño en ocultar su apellido materno, Mantecón; el segundo, que ya sufría del paterno, arrastraba como un divieso entre los ojos el suyo heredado de su madre, Bidón. Se entiende que no desearan perpetuarse en nuestra memoria cultural con el apellido segundo, al modo de Lorca o de Galdós.
Cuentan que el poeta José Hierro era un hombre afectuoso, de ternura inoxidable. Ignoro, en cambio, si el humanista Santiago Amón amaba mucho, como proclama su apellido, ni creo que José Camón tuviera dificultades por las noches para dormir a pierna tendida. Nunca supe con exactitud qué ve Quevedo ni qué miró Miró. ¿Son Jovellanos los árboles que dan jovellanas? ¿Volaba o sonaba Leopoldo Alas, Clarín? En fin, andan los unos y los otros nombrados con mayor o menor fortuna sin que, en puridad, estemos autorizados a reprocharles nada. Tampoco el melocotón es culpable de su nombre.
(Este artículo se publicó en el suplemento Babelia el día 20 de julio de 2013.)

sábado, 16 de agosto de 2014

HISTORIA DE UN AFORISMO APÓCRIFO

Pollo de críalo en un nido junto a un pollo de urraca recién eclosionado y muerto. Imagen: Juan Soler

Escribo aforismos. No los busco. Me vienen. Entonces los anoto, los llevo un tiempo conmigo, en la cartera, en un bolsillo. Calculo que de diez salvo dos. Puede que tres. El filtro de la autocrítica no deja pasar más. En un año de buena cosecha llego aproximadamente a los veinticinco. Los mando a uno u otro periódico. Me los publican. Algunos hacen fortuna y aparecen citados en artículos de prensa, en el encabezado de un blog, incluso como epígrafe de un libro. Esto es como el campesino que tira semillas a voleo. Unas germinan, las otras se pierden.
El caso es que un aforismo se cita con frecuencia asociado a mi nombre. Dice así:

“La vida no ha sido la fiesta que habíamos imaginado, pero ya que estamos aquí, bailemos.”

Me parece un buen aforismo. No sólo suscribo lo que afirma, también la sorna implícita a la formulación. Afirmo esto con la conciencia de que no me estoy alabando, pues creo que el mencionado aforismo no es mío. No recuerdo haberlo escrito. Tampoco figura entre los que guardo archivados. Hace unos años no abrigaba la menor duda de que me lo atribuyen. Con el tiempo he dejado de estar seguro. ¿Y si fuera de verdad fruto de mi defectuosa inventiva y, por alguna razón que desconozco, omití en su debido momento incorporarlo al conjunto? Y si lo incorporo ahora, ¿podría suceder que su dueño legítimo me acusase de plagiario?
Hay otra posibilidad que me obliga a sonreír. Transcurren dos, tres siglos. Toda mi obra (novelas, cuentos, artículos) ha sido merecidamente olvidada. La memoria de generaciones venideras decide, no obstante, salvar como mía esa frase que no inventé. Lamentaría que por mi culpa se produjera en el universo un error, aunque diminuto. Fuera de eso, el asunto no me preocupa gran cosa.