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domingo, 28 de septiembre de 2014

MENDIZÁBAL EN EL PREMIO PLANETA





Mendizábal se ha llevado una sorpresa. ¿Y eso? Pues que ayer por la mañana, en el buzón, había un sobre a su nombre con el logotipo de la editorial Planeta. Coge, lo abre y resulta que lo invitan a la gala del Premio. Es lo que tiene ser famoso o, por lo menos, conocido, sin que al parecer importe poco ni mucho llevar la cara (y más que no cuento) cubierta de pinchos.
La carta dice así:



José Manuel Lara
y el Grupo Planeta

tienen el placer de invitar a

D. Mendizábal

a la concesión del LXIII Premio Planeta de Novela,
que tendrá lugar en el transcurso de una cena el miércoles 15 de octubre
a las 21 horas, en el Palau de Congressos de Catalunya.

Le he preguntado a Mendizábal: oye, ¿no te habrás presentado al concurso? Que no, de verdad, que yo no... Y después le he preguntado si piensa ir. El caso es que vive lejos y no le pagan el viaje; pero por ir, iría. Y le pregunto qué se le ha perdido en Barcelona y él me dice que le gustaría ver de cerca a algún que otro cacto famoso, ya sea de la política o de la literatura y el arte, y de paso cenar un abono suculento. Y por fin le he preguntado si tiene ropa adecuada y si está dispuesto a ponerse corbata. Me ha mirado directamente a las pupilas. ¿Qué te piensas -me ha respondido visiblemente enojado-, que soy un empleado de la caja de ahorros?

miércoles, 24 de septiembre de 2014

A PROPÓSITO DE UN LIBRO NUEVO DE JORGE G. ARANGUREN



 
Estoy pasando unos días en mi ciudad natal. Hay nubes. Abrazo a mi madre. A sus ochenta y nueve años sigue alimentándome como cuando yo no levantaba cuatro palmos del suelo. Ayer fue martes. Volaban las palomas por los sitios habituales. Asistí a la presentación de un libro de poemas en la librería Lagun. Un amigo me había puesto sobre aviso. Allá me presenté. Estreché manos, abracé torsos amigos, rocé mejillas femeninas con las mías barbadas. El autor del libro es el primer escritor que yo conocí en mi vida; me refiero a un escritor que no sólo escribía, sino que había publicado libros y obtenido premios. Años setenta. Pronto obtuvo el Adonais. Jorge G. Aranguren, barba y melena blancas, es un caso raro de nuestras letras, en parte por circunstancias personales (carece de conexión con internet), en parte por el monumental desprecio que sufren en el País Vasco los escritores que no escriben en euskera. Jorge G. Aranguren sigue publicando sus poemas, cuentos y novelas en editoriales menores, domiciliadas por lo común en ciudades de provincia. Su obra en verso (más que su narrativa, muy de poeta estilista) es valiosa. No sirve para hacer patria. Sirve, sí, muy bien, para que el lector esté a solas con las palabras de un hombre sensible, cincelador del idioma; hombre con cierta fragilidad que de un tiempo a esta parte me parece cercano a la resignación y que habla sin tapujos de cosas tristes y de la muerte. Ha dedicado sus mayores energías a la elaboración de poemas y ayer, en la librería Lagun, serio, con buena oratoria, a sus setenta y tantos años (es del 38) se quejaba melancólicamente de que aún haya personas que le preguntan por qué escribe. Así como nosotros se titula el libro, con frase extraída del padrenuestro que invoca el perdón que concedemos a aquellos que nos ofenden; que nos ofenden ¿porque escribimos, seguimos existiendo, no somos útiles a ensoñaciones colectivas? Al final, en un bar cercano a la librería, en el momento de despedirme le di un abrazo fuerte y eso me gustó mucho.

lunes, 22 de septiembre de 2014

DE CÓMO ME AUTOEDITÉ



El librillo fue el primer libro, valga la redundancia, que yo publiqué en mi vida. Era un libro de poemas infantiles, esto es, de poemas no sólo para niños, sino en gran parte escritos a la manera como se expresan o como a mí me parece que se expresan, deformando el idioma, los niños. Me lo autoedité, una ruinosa pero instructiva peripecia de la cual hablé el pasado sábado, 20 de septiembre, en la Albóndiga de Bilbao, perdón, en la Alhóndiga, con ocasión de una jornada dedicada al “Autor en el nuevo mundo de la edición”. Me invitaron para que expusiera en público mi experiencia relativa a la relación con mis editores y eso hice.
Editarse a sí mismo era una opción en modo alguno infrecuente por los días en que las obras literarias se difundían exclusivamente en papel o, como dicen ahora, en libros físicos. A este respecto conté mi caso. En 1981, a mis veintidós años, yo adolecía de prisa por publicar, un sarampión bastante extendido entre escritores noveles del que ya me curé. Escrita la obra, paso indispensable sin el cual todos los demás se pueden excusar, me puse en contacto con un impresor de mi ciudad, a quien pedí presupuesto: quince mil pesetas, una cantidad considerable para un estudiante, como yo, de clase social baja. No tenía el dinero, pero por fortuna aún existe la generosidad en el mundo.
Hecho el trato con el impresor, primo carnal por cierto, procedí a la edición. Maquetar los poemas, todos ellos cortos, no me resultó complicado. Eran pocos además. Me encargué asimismo de confeccionar la cubierta, con una ilustración chapucera, pero simpática. Firmé el libro con mi nombre de guerra: Fernando Aramburucópulos. Le antepuse el dom de dómine para oponerme al reto de un amigo, el cual aseguró en mi presencia que yo no tendría huevos para hacer tal cosa. También en mi segundo libro, Ave sombra, que publicó Haranburu Altuna pocos meses después, aparezco como dom Fernando. ¡Qué tiempos!
Un tarde le llevé al impresor el mecanoscrito y la ilustración de la cubierta (un hipopótamo con corbata, visto de frente). Tiempo después fui a recoger el primer fruto impreso de mi defectuosa inventiva. Hice una tirada de doscientos ejemplares. En la prensa local declaré que quinientos. Hoy pienso que pequé de modesto. Me llevé las cajas a casa. Vi el producto. Me creí en la gloria. El libro, fino, es de gran formato y carece de ISBN. En casa, yo contemplaba los ejemplares como quien se admira de un hijo propio recién nacido. Y por un momento pensé que había llegado a no sé qué meta, hasta que caí en la cuenta de que la verdadera tarea aún no había comenzado. ¿Qué hacer con aquellas cajas? ¿Cómo me las ingenio para que los ejemplares terminen en manos de los posibles lectores? Porque estaba claro que los lectores no iban a venir a mi casa. De alguna manera mi libro tendría que ir a su encuentro o estar allí por donde los lectores acostumbran pasar.
Arduo cometido este, que era, que sigue siendo, el nudo de la cuestión editorial. Así que no me quedó más remedio que meterme a distribuidor. Con dicho fin visité diversas librerías y quioscos de mi ciudad. Allí me decían que dejase un ejemplar; en el mejor de los casos, que dejase dos. Incluso viajé a Pamplona, donde hice una ronda similar, tras pagarme, por descontado, el viaje de ida y vuelta en autobús; y todo para dejar en unos pocos establecimientos media docena de ejemplares.
Calculo que se vendieron diez, quizá quince ejemplares. No estoy seguro. Repartí bastantes entre amigos, conocidos y parientes. Guardo una pila de libros intactos que tal vez mis herederos, si llego a algo en la vida, aunque sea póstumamente, podrían vender a precio de oro.
Sea como fuere, aprendí, como dije el otro día en la Albóndiga de Bilbao, perdón, Alhóndiga, dos cosas. Aprendí a sosegarme y, por tanto, a tener paciencia en punto a la difusión de los escritos propios. Aprendí asimismo lo conveniente, por no decir lo necesario, que es para el escritor el razonable trabajo con un editor profesional en el que, claro está, se pueda confiar; un editor que le mime a unos los textos, le haga un libro capaz de alegrar la mirada, se lo promocione y ponga en un circuito eficaz de distribución.

Ah, se me olvidaba. El librillo reapareció una década después editado en la colección Ajonjolí de Hiperión, con ilustraciones de Patricia Garrido; pero esa ya es otra historia.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

LA HE ECHADO DE CASA




Esta mañana he echado a mi alma de casa. Fuera, le he dicho. A gritos, por supuesto. Y no vuelvas más. ¿La razón? Mal comportamiento, feas contestaciones, ingratitud. Lo habitual. Tiene uno trabajo suficiente con aguantar a un cuerpo que ya no es lo que fue como para sumar el peso de un alma descarada. Conque a la calle. Total, que me ha hecho una higa, insolente como es, y se ha marchado por ahí como quien se va de vacaciones. Ya verás, ya. Y, en efecto, al cabo de dos horas ha vuelto con las cejas tristes y a mí me da igual, yo tengo mi día de hierro y la he dejado fuera porque, claro, en esta vida o tienes carácter o cualquiera se te sube a la espalda. Mi alma ha permanecido largo rato inmóvil, poniendo carita de sumisión tras el cristal de la puerta de la terraza, ablandándome bien ablandado y tocándome a fuerza de miradas mustias las potencias de la compasión, hasta que finalmente, qué remedio, la he dejado entrar. No tengo carácter, eso es lo que me pasa.