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lunes, 27 de octubre de 2014

CONTRA LA COSTUMBRE DE LEER LOS LIBROS DE UN TIRÓN


Ilustración de Max.

La intención es buena. Uno ha disfrutado con un libro y afirma en público que lo ha leído de un tirón o de una sentada, como queriendo decir que el referido libro tiene tanta calidad que no ha podido parar de leerlo o que lo ha leído rápidamente por lo apasionante que le resultaba su lectura.
La incontinencia verbal lleva a algunos todavía más lejos en el empeño hiperbólico. Son los que afirman, por las razones arriba consignadas, haber devorado cierto libro. Se me hace a mí que en tales ocasiones olvidan que con frecuencia las palabras no solamente significan lo que uno quiere que signifiquen o cree que significan. Convengo en que estas frases elogiosas, la primera vez que se dijeron, estaban bien. Alguien esforzó su ingenio, las inventó y, como sucede con las manadas, tomó la delantera, abriendo camino. El resto simplemente va detrás.
A mí no me parece que se le hace una publicidad adecuada a un libro asegurando que se lee a toda leche. A lo mejor es que soy muy raro, pero por regla general las obras que más deleite me procuran y más interés me despiertan piden de mí una lectura reposada, que a ser posible no deje escapar ningún matiz, que me permita la vuelta a pasajes particularmente brillantes, eufónicos, bien escritos. Si el libro entraña, además, alguna dificultad, me cabe la opción de descubrir y aprender. Para averiguar tan sólo quién es el asesino o si los náufragos alcanzarán la costa, me basta el periódico.
Los buenos libros me recuerdan a los buenos vinos. Uno no se los trinca de un trago; antes bien, pasándolos calmadamente por la lengua y el paladar, poniendo a trabajar con concentración y esmero a cada una de sus papilas gustativas. ¿O no?

viernes, 24 de octubre de 2014

EL NUEVO LIBRO DE LUIS LANDERO



 
Hay lugares en los que enseguida me siento a gusto. Nada más llegar, ya estoy bien y deseo quedarme. Uno de dichos lugares es la literatura de Luis Landero. Hay en la mirada de este autor sobre las cosas y los hombres, sobre los animales y los paisajes, una afabilidad que me hace especialmente gratos sus escritos. Salvo las obras que tenga escondidas en su casa, creo haberlas leído todas. La última, este El balcón en invierno publicado el pasado mes de septiembre.
Landero ha estado derramándose en los personajes de sus novelas, delegando en ellos vivencias propias. Esta vez, no. Ha mandado a la porra una novela que iba a escribir, al parecer sin ganas, no más que por la inercia de ser novelista, y ha llenado las páginas de este hermoso y entrañable libro con pormenores de su pasado, con historias familiares y reflexiones acerca de la propia identidad. Todo ello, como de costumbre en él, asentado en una prosa clara, serena, bien modulada, cincelada sin exageración ni rigidez académica. La prosa de Landero es una de las mayores delicias que ofrece la literatura española actual.
Siento una enorme simpatía por el autor; pero ahora que sé que bailó con Sofia Loren en Moscú, creo que no me voy a lavar las manos durante varios días la próxima vez que lo abrace. Tiene Landero una perspicacia narrativa especial para la peripecia risueña, para los episodios amenos de los que cabe extraer alguna clase de enseñanza. Son, por así decir, lecciones de humanidad. A mí me da que Landero tiene un corazón de veinte arrobas, por decirlo a la manera rural que él ha empleado en numerosos pasajes de este nuevo libro.
Y el padre. La obsesión del padre de la que tampoco se libran tantos protagonistas de sus libros, presencia constante aun después de muerto que lo convierte en una suerte de juez implacable, de Dios dispuesto a castigar al hijo que no se esfuerza ni saca provecho de sus aptitudes. Por ese lado, Landero ha merecido a mi parecer la absolución gracias a la coartada de la literatura. Ni abogado ni guitarrista: escritor de primera categoría. ¿Quién lo hubiera dicho cuando era niño en su pueblo de Extremadura?
Y la tierra natal, a la que dedica testimonios de una calidad literaria superior. Y tantas gentes recordadas, traídas de nuevo al afecto por la vía del testimonio escrito. Y pájaros y oficios y accidentes del terreno. Y también Madrid, en años humildes y penosos. La emigración, el tedio cotidiano, la interminable lucha por salir adelante, los libros capaces de cambiar para bien el rumbo de una vida.
Por ahí he oído calificar El balcón en invierno de joya. Sin vacilar secundo el elogio.

jueves, 23 de octubre de 2014

UNAS CUANTAS IMÁGENES DE MÚNICH



Estuve el otro día en Múnich. Invitado por el Instituto Cervantes, participé en una llamada Semana de las letras españolas, junto con Jesús Carrasco, Elia Barceló y Ricardo Menéndez Salmón. Gente estupenda, cada cual a su manera, con su personal forma de ser y de sonreír.
Total, que el segundo día salí a callejear, doblé esquinas, evité charcos, subí y bajé, cámara de fotos en mano. Van a continuación unas pocas impresiones por si interesan.
 
Kitsch bávaro
Mediodía en Marienplatz. Carillón y figuras giratorias
 
10 castañas, 3 euros
Típico puesto de fruta callejero
Entrada a la zona peatonal
 
Boca del metro
Ein Helles Bier
 
El indefectible cestillo de Brezel
Pedí y me sirvieron. Gloria a la Augustiner Bierhalle
Este señor no dejaba de mirarme

domingo, 19 de octubre de 2014

UN ESPAÑOL EN LA VECINDAD




El otro día estuve en Barcelona. Asistí a la cena del Premio Planeta. Era la primera vez. Comí, bebí. Todo gratis. Más de mil cabezas se apretaban en el espacioso recinto. Pidieron aplausos para la Ministra de Fomento y para el President. Me abstuve. Soy más de aplaudir a cantantes, a caballos y amaneceres. Vi a este y al otro. Vi trajes y corbatas. Vi mujeres igualadas por el bótox, el común peinado rubio y liso y los tacones. Yo, la verdad, en Alemania, donde respiro, no veo ni la mitad de rubias que en España. Le dieron el premio a un mexicano. Cuando leyeron el título de la novela tuve que contener la risa. Quedó segunda una señora muy operada de cara; la cual, si no entendí mal, había estado tres días encerrada en su casa, follando con un francés que luego se fue a la guerra y la novela trata de eso. Creo que me gustaría más leer La Fenomenología del Espíritu de rodillas. Al día siguiente salió el sol. Pasó el tranvía. Y bajando por la Diagonal, fotografié una fachada. Se conoce que vive un español en el inmueble. A mí antes me gustaba mucho Barcelona. No había tantas banderas. Luego murió Copito de Nieve y ahora yo noto malas vibraciones en el aire.

martes, 14 de octubre de 2014

¿QUÉ OPINA USTED DE LA LUNA?




Mi padre, que en paz descanse, era obrero en una empresa de artes gráficas. A veces me hacía fotocopias para la universidad o me traía tacos de papel para tomar notas. Un día le pedí que me imprimiera unas tarjetas con una pregunta: ¿Qué opina usted de la luna? Pude haber puesto luna con mayúscula inicial, pero no quise o no tuve un día particularmente astronómico.
Mi padre cumplió. Mi padre cumplía siempre. Me trajo de la fábrica un fajo precioso de tarjetas de color turquesa. Le pedí más. Me las trajo de un azul más vulgar. Por razones para mí inexplicables, en algunas de las primeras faltaba la tilde del pronombre interrogativo. No importa. La pongo a mano y santas pascuas.
Tendría yo en torno a los dieciocho años cuando empecé a coleccionar respuestas manuscritas a la referida pregunta. En principio mis destinatarios serían escritores. Con el tiempo fui incorporando a otro tipo de profesionales. Recuerdo mi descomunal alegría cuando me llegó la respuesta de Miguel Delibes. Porque no se trataba tan sólo de que el destinatario se tomase unos minutos para escribir una ocurrencia; es que además debía introducir la tarjeta en un sobre, pegarle un sello costeado de su peculio y echarla a un buzón. Demasiado pedir. Y todo para dar gusto a un desconocido.
Me atreví con políticos de la época. Mandé con dirección a las Cortes sendas tarjetas a Adolfo Suárez, Felipe González y Manuel Fraga. Sólo respondió este último, citando erróneamente a Goethe. No por ello le estoy menos agradecido.
Después me fui a vivir a Alemania y me olvidé de la colección durante largos años, hasta que, a mediados de los noventa, empecé a publicar libros y a hacerme un poquitín (bueno, un poco) conocido, lo que facilitaba los contactos, principalmente con escritores.
Hoy la colección abarca 234 respuestas y aún me quedan tarjetas, si bien algún día se terminarán y entonces adiós muy buenas. La última me la envió recientemente el poeta Antonio Lucas. Nunca he hecho ni haré un uso interesado de ellas, por cuanto ni siquiera considero que me pertenecen. Alguien se fue hace unos años de la lengua y desde el suplemento Babelia me preguntaron si accedería a publicar unas cuantas. Dije que no. ¿Mi propósito? Reunir una especie de banco con muestras de la letra de escritores y, en fin, de gente creativa de mi tiempo, y legarlo a su debida hora a alguna institución que lo merezca.
He constatado que los escritores consagrados son los más rápidos en su generosidad. Todavía estoy viendo a Mario Vargas Llosa, a la sazón ya Premio Nobel, agarrar la tarjeta, apoyarla sobre el tablero de una mesa cercana, manuscribir con toda naturalidad unas líneas y darme un abrazo.
Fernando Arrabal se quedó la tarjeta y me mandó una suya, bastante más grande, con dibujos por él trazados. Enrique Vila-Matas adjuntó a la suya un ejemplar dedicado de París no se acaba nunca en portugués. Le correspondí con un ejemplar en eslovaco de mi libro No ser no duele.
Tengo asimismo tarjetas respondidas en otros idiomas. En inglés (Donna Leon, David Lodge), en alemán (David Safier, Günter Wallraff), en francés (Frédéric Beigbeder) y, por descontado, en gallego, euskera y catalán. No escasean los escritores premiados con el Cervantes. Algunos tuvieron la amabilidad de complacerme antes de haber obtenido el premio (Gamoneda, Marsé, Caballero Bonald, el evocado Delibes), por lo que creo que traigo suerte.
En todos estos años sólo hubo una persona que se negara expresamente a responder, una joven escritora cuyo nombre guardo para mí. Me envió una larga y confusa explicación por correo electrónico para exponer los motivos de su negativa. Huelga decir que agregué su mensaje a la colección. Hay tres que perdieron la tarjeta y me pidieron otra. De ellos, dos no respondieron tampoco a la segunda. No habrá una tercera. No faltan quienes dejaron sin corresponder a mi solicitud. Eso sí, quien participó tiene buenas cartas conmigo, de forma que si me pide un favor, una colaboración, lo que sea, es harto difícil que no lo complazca.
Arriba de esta entrada he reproducido mi tarjeta, la única que puedo mostrar sin pedir permiso. Las hay francamente hermosas, originales, afectuosas.