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viernes, 23 de enero de 2015

COSILLAS DEL TELAR: LA PRIMERA ENTREVISTA


Con la publicación de un nuevo libro se pone en marcha un ritual del que forman parte las entrevistas. Hay que tener mucho cuidado con ellas, ya que no es imposible que, en tiempos venideros, periodistas, críticos y profesores las usen para explicar los libros del autor y aun al autor mismo.
El jueves 22 de enero se publicó en la sección cultural de El Diario Vasco la primera entrevista relacionada con la publicación de Las letras entornadas. Me la hizo el periodista Roberto Herrero, que me conoce bien, lo que le permite apuntar con todas las preguntas en la dirección adecuada. La reproduzco a continuación ya que El Diario Vasco no la difundió en su versión digital.




“Continúo disponiendo de la mirada y el modo de entender las cosas del niño que fui”
Acaba de llegar a las librerías Las letras entornadas, un texto tranquilo en el que el escritor reflexiona sobre los placeres serenos.

Roberto Herrero
San Sebastián. El escritor donostiarra se apea esta vez de la novela, su género más habitual, para ofrecer un libro de difícil clasificación en el que mediante confidencias autobiográficas recuerda su infancia, reflexiona sobre la vida, la literatura “y lo que me han enseñado otras personas”.

-¿Van a tener los libreros problemas para saber dónde colocar este libro? No es novela, ni poesía, puede que caiga en el saco del ensayo. ¿Se encontraría cómodo ahí?
-Las letras entornadas es un libro tranquilo. Un libro en el cual un hombre que ha vivido algo más de medio siglo cuenta y reflexiona con el deseo de trazar un dibujo de su época, referir algunas cosillas privadas y razonar su gusto por los placeres serenos. Me daría pena que en una librería no hubiese espacio para un libro de estas características.

-¿En qué consiste básicamente el proyecto de ‘Las letras entornadas’?
-Ya de joven me di cuenta de que al conversar sobre literatura empleamos a menudo sobreentendidos. Hablamos de poesía, pero ¿qué es eso? ¿Cómo reconozco tal cosa en unas líneas escritas? Y ya puestos a preguntar, ¿cómo funciona una novela, qué hace que un texto obre un efecto erótico, por qué me gustan determinados libros? Yo he puesto un gran empeño en responder a estas y otras preguntas similares, y para ello he evitado el análisis abstracto y los caminos propios de la filología. En lugar de eso, he escarbado en mi pasado, en mi particular experiencia con los libros y en lo que me han enseñado otras personas.

-Su infancia, la vida en un barrio humilde en el San Sebastián de los años sesenta y setenta, están presentes en el texto, algo que ya ocurría en su obra ‘Años lentos’. ¿Le tocan la puerta los recuerdos?
-En realidad soy yo el que acude a los recuerdos en busca de respuestas, pero también de preguntas. Y sé que, en lo esencial, mis recuerdos no difieren de los que puedan albergar otras personas de mi edad. Traerlos a colación me ayuda a definirme como ser humano con unas señas de identidad determinadas, pero al mismo tiempo aclara un poco la época y el lugar que correspondieron a mi generación.

-Las letras entornadas están concebidas como una serie de diálogos del autor con un hombre mayor. ¿Nos puede ampliar un poco esta circunstancia?
-Al principio se me ocurrió conversar con una pared. Deseché la idea porque, a la larga, la inverosimilitud de la situación daría un toque ridículo al libro. Entonces concebí al Viejo, un señor mayor y casi ciego, amante de los libros y los buenos vinos, que por edad y por experiencia me libra del papel de quien pretende dar lecciones. La idea me permitió colocar las sucesivas reflexiones en un armazón narrativo. Todos los jueves me reúno con el Viejo, bebemos vino de su bodega, hablamos (espero que con amenidad) de libros y autores, yo le cuento confidencias autobiográficas, él me responde y a veces me lleva la contraria, y al final hay una sorpresa que prefiero no revelar aquí.

-La librería donostiarra Lagun surge en uno de los textos. ¿Es su homenaje a un símbolo de la lucha por las libertades?
-No creo que Lagun tenga culpa ninguna de haber sido una cosa distinta de lo que sus dueños quisieron que fuera, una tienda normal y corriente de libros. Dudo que quienes rompieron la luna y pegaron fuego a los libros se atrevan a colgarse públicamente esta medalla, una de las más feas, primitivas y malolientes que quienes promovieron aquel tipo de acciones (en la futura capital europea de la cultura) podrían lucir.

-También forma parte del libro el discurso que leyó en la Real Academia Española cuando fue premiado en dicha institución por ‘Los peces de la amargura’. ¿Qué destaca de aquellas palabras seis años después?
-En aquel discurso expuse mi idea de cómo se puede abordar desde la literatura el dolor que infligieron, por razones supuestamente políticas, unos hombres a otros y cuál es el papel que corresponde en dicho asunto a quienes hacen un uso público, con voluntad estética, de la palabra, por tanto a los escritores. Se trata de uno de los textos más meditados que haya salido jamás de mis manos y no dudé un segundo en incorporado a Las letras entornadas.

-Dedica páginas al ‘Quijote’. ¿Mantiene la costumbre de releer la obra de Cervantes? ¿Sólo por placer? ¿Para conseguir nuevos aprendizajes?
-Soy un hombre de rituales. Uno de ellos es la lectura periódica del Quijote. Esto supone para mí no sólo un reencuentro con un texto al que profeso veneración, sino también con el lector y el hombre que fui con anterioridad. Es como orbitar alrededor de un placer seguro que al mismo tiempo me proporciona una ocasión inmejorable para pensar, divertirme y estar a buenas conmigo mismo.

-Lleva treinta años residiendo en Alemania y desde allí analiza obras de varios escritores españoles contemporáneos: Ramiro Pinilla, Félix Francisco Casanova, Juan Gracia Armendáriz, Pilar Adón, Marcos Giralt Torrente. ¿La lectura de sus libros es para Vd. la manera más gratificante de seguir unido a la cultura del país de origen?
-No, en modo alguno. No soy nada localista. Mi libro contiene asimismo ensayos sobre Flaubert, Dostoyevski, Rulfo, Thomas Mann y otros escritores con los que no comparto nacionalidad. Lo que ocurre es que para entender tantas cuestiones de la vida, la historia o los libros me parece mejor la literatura de otros que la mía propia. Me mueve asimismo la gratitud. Yo estoy agradecido de que existieran Mozart, Caravaggio o García Lorca. Esa gente ha contribuido a hacernos más interesante y grata la existencia.

-Incluye en ‘Las letras entornadas’ unas páginas irónicas sobre escritores y especialistas que periódicamente vaticinan la muerte de la novela. ¿También los escritores alemanes practican este tipo de pesimismos?
-No. La ventaja que tiene uno al vivir en el extranjero es que está en una posición ideal para establecer comparaciones entre distintos espacios culturales. Hay debates que están enquistados en España y que no trascienden las fronteras porque carecen de interés. Uno es la mala fama que tiene el dinero vinculado a la literatura. Otro es este de la muerte de la novela, que ya Baroja, después de haber escrito más de seis decenas, vaticinó. También los Goytisolo y, en fin, otros novelistas llegados a la vejez. A la gente estas disquisiciones le traen al pairo y sigue consumiendo novelas en abundancia.

-Quienes lo conocen saben que el humor está presente en sus textos y todavía más en su forma de encarar la vida. ¿Cómo le afectaron el reciente atentado sufrido por los humoristas de ‘Charlie Hebdo’ y la reacción de los ciudadanos franceses?
-El atentado del Charlie Hebdo y el del supermercado judío de París me trajeron a la memoria otros crímenes parecidos que se llevaron a cabo cerca de nosotros. La mecánica en todos los casos es la misma: imponer un objetivo desde una estructura organizativa, vengar, amilanar a la población, complacer a los adeptos, lograr espacios de poder. Más me sorprendió, de manera positiva y a diferencia de lo que nos tocó vivir a nosotros, la unidad de los franceses frente al terror.

-¿Qué queda de ese niño que aperece en la cubierta del libro fumando un pitillo?
-Aquel niño nervioso de ocho años que aparece en la cubierta de mi libro fumando el típico cigarrillo rubio que regalaban en los banquetes de boda sigue activo en mi interior. Y esto no sólo en un sentido nostágilco. Continúo disponiendo, para mi trabajo literario, de la perspectiva, la mirada, el modo de entender las cosas del niño que fui. Descubriría el Mediterráneo si me pusiera a ponderar el provecho que ofrece a cualquier escritor su propia infancia.