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lunes, 11 de julio de 2016

EL ARTE DE ACUSAR RECIBO




Bienaventurados estos y los otros, pero sobre todo las personas de buena educación que acusan recibo. Pido el reino de los cielos para ellas. Me ha sucedido en numerosas ocasiones. Llega un mensaje. Alguien desea algo de mí. Pongo por caso las respuestas a un cuestionario, o un texto con ocasión de o para homenajear a, o una colaboración de unas determinadas características. La petición viene, eso sí, envuelta en halagos y elogios varios a mi “brillante carrera de escritor” (sic). Esto siempre ablanda un poco, no lo voy a negar; pero acaso menos de lo que el peticionario cree. Uno echa otro tipo de cuentas. Un amigo de fiar (por tanto, un amigo) ha proporcionado mis señas electrónicas a la persona que ahora me escribe y me pide perdón, con meliflua cortesía, por invadir mi espacio privado con su solicitud, lo cual es cierto. El reconocimiento de dicha circunstancia parece indicio de buenas maneras. A mí me convencen más la amabilidad y la redacción correcta que, por ejemplo, el enchufismo. Total, que cumplo. Para ello dejo a un lado mis ocupaciones del momento, me tomo el tiempo que haga falta, envío con puntualidad, incluso con prontitud, lo solicitado. Uno esperaría... ¿agradecimiento? Me da la risa. Yo me conformo con un simple y escueto acuse de recibo; no por nada, sino para tener la sensación de que el asunto está definitivamente cancelado, con la consiguiente satisfacción para las partes implicadas. En lo que va de año he dejado de merecer un acuse de recibo tres o cuatro veces. La cosa, al parecer, se está socializando. Colocaría en la cima del monte de la desconsideración a una estudiante de periodismo que me endilgó una docena de preguntas. Se las respondí. Ignoro si le llegaron, si le sirvieron, si las usó. Y, como ella, otros fulanos de los que en adelante guardaré viva memoria. Porque, eso sí, soy de los que meten el pie en el hoyo una vez y no más.