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martes, 16 de agosto de 2016

SOBRE UNA ESTUPENDA BIOGRAFÍA DE THOMAS BERNHARD




Ya existían de antes algunas biografías de Thomas Bernhard. En lengua española, sin ir más lejos, una tirando a breve de Miguel Sáenz, traductor asimismo del escritor austriaco. Verse calificado de austriaco cabrearía sin duda a Thomas Bernhard; pero, en fin, ya murió. No puede defenderse.
Recuerdo la noticia de su fallecimiento en 1989. Días antes, Bernhard acababa de cumplir 58 años, edad que pronto será la mía. Nunca gozó de buena salud. Los pulmones, principalmente, le hicieron sufrir. Yo volvía a última hora de una tarde invernal, en coche, de un pueblo de Westfalia donde ejercía de docente. La niebla, sobre la carretera, no dejaba ver ni de aquí ahí. Llevaba la radio encendida. La muerte de Bernhard abría las noticias de última hora. En estos países de Centroeuropa los escritores aún merecen cierta atención.
Bernhard fue uno de los primeros autores que leí en su versión original alemana, por los días (años ochenta) en que yo sostenía durante más tiempo el diccionario entre las manos que el libro que estuviera leyendo a la sazón. Pero los libros de Bernhard son cortos y no difíciles de descifrar, aunque luego pueda uno entretenerse adentrándose en intrincados laberintos interpretativos. Lo primero que leí de él fue una obra de teatro: Una fiesta para Boris. Me inspiró otra que inserté en mi novela Fuegos con limón.
El año pasado se publicó en Alemania una exhaustiva biografía de Thomas Bernhard. Su autor es Manfred Mittermayer, de quien no tengo el gusto, lo que no me impide reconocer que ha hecho un trabajo extraordinario. Ignoro si hay voluntad de traducir su libro a la lengua española. Los aficionados españoles a la literatura de Bernhard lo agradecerían. Ignoro si son muchos o pocos. Me  consta que hay unos cuantos.
Pues ahí está todo. La infancia sin padre, la madre fría, los abuelos acogedores, la guerra, el fracaso escolar y, pronto, la dolencia pulmonar con tratamientos largos, dolorosos y aisladores. Un día se enfadó porque alguien escribió en la prensa que había tenido una infancia infortunada. Lo negó públicamente. Tiempo después él mismo describió dicha infancia en un tomito autobiográfico. Una infancia, en efecto, infortunada, sólo que Bernhard no quería que lo revelasen los demás. Lo quería revelar él mismo.
Fue un hombre de trato difícil. Uno de los grandes negativos que ha dado Europa. En privado, practicó no obstante la felicidad. Viajaba con frecuencia, transformó una vieja granja en una especie de paraíso vacío y blanco, se dejó madrear por una mujer mucho mayor que él que lo mantenía, le costeaba los viajes y los trajes. Tuvo amigos, no muchos; casi todos ajenos a la literatura. Trajo a su editor, Sigfried Unseld, por la calle de la amargura. Unseld lo conllevaba con heroica paciencia, le mandaba dinero, le profesaba una admiración sin límite. De todo esto y de mucho más (los escándalos, las polémicas, las novelas y las piezas de teatro, su odio feroz a Austria, su horror al sexo) habla con pormenor esta biografía de Mittermayer cuya publicación en lengua española recomiendo encarecidamente, si es que a estas horas un editor con buen gusto y buen ojo no se ha puesto ya a la tarea.