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miércoles, 28 de septiembre de 2016

60 AÑOS DE FÉLIX FRANCISCO CASANOVA




28 de septiembre. Ya hemos entrado en mañanas con rocío y por ahí cerca he visto las primeras hojas amarillas de los árboles. Félix Francisco Casanova habría cumplido hoy sesenta años. Murió con diecinueve. Su muerte temprana y las circunstancias nunca del todo aclaradas en que ocurrió han contribuido a la leyenda. Murió joven, era guapo, rebosaba de talento: puede decirse que reunía todos los ingredientes con los que suele crearse el mito. No tengo nada que objetar al respecto salvo que no me agradaría que dicha mitologización ocultase el extraordinario valor de su obra literaria: principalmente un puñado de poemas, no sé si enigmáticos, pero desde luego inquietantes, y El don de Vorace, la novela/antinovela de un hombre que desea morir a toda costa y no lo consigue.
"El don de Vorace" dedicado por el padre de Félix Francisco

También con Casanova me he hecho esas preguntas estúpidas que no tienen respuesta, las mismas que tantos otros, no sólo yo, se formularon pensando en Mozart, en García Lorca, en Miguel Hernández, en tantos genios desparecidos a edad temprana, aunque no tan temprana como la suya en el momento de aquel fatídico escape de gas de hace cuarenta años. ¿Qué habrían compuesto o escrito estos genios en el caso de haber vivido unas cuántas décadas más? ¿De qué obras magistrales nos privó su muerte prematura? Pienso en el difunto Félix Casanova de Ayala, el padre de Félix Francisco, que me escribía cartas a San Sebastián hace muchos años y me mandó los libros, editados en Canarias, de su hijo, cuya memoria cultivaba con afecto dolorido. Me cuesta poco creer que, de estar vivo, sentiría orgullo paternal viendo que la genial inventiva de su hijo está presente en las librerías, bien editada por Demipage; presente en la memoria literaria de muchos de nosotros y en las manos de nuevos lectores que la siguen descubriendo. Feliz cumpleaños, chaval. Cuánto me habría gustado conocerte.
Viejas ediciones de la obra de Félix Francisco Casanova que guardo como oro en paño

domingo, 25 de septiembre de 2016

SOBRE "EL AMOR DEL REVÉS" DE LUISGÉ MARTÍN




Siento una particular afición por los libros que alguien escribió porque le quemaba lo que se cuenta o se dice en ellos. Esta idea de la quemadura interna se la he tomado prestada a Isabel Bono, que la expresa mucho mejor que yo. Leí estos días atrás, entre viajes de promoción, salas de embarque, habitaciones de hotel, un libro que me ha gustado mucho. Me refiero a El amor del revés de Luisgé Martín. Escribo las presentes líneas con el ánimo de compartir mi entusiasmo.
Este libro abiertamente confesional me ganó desde el principio por dos razones. Si no se dan dichas razones, es difícil que yo logre conmoverme. La primera consiste en la verdad humana que empapa el texto. No es acaso este de la verdad humana un concepto valioso para la crítica profesional. Para mí es indispensable. Sucede que la naturaleza, que me ha negado tantas cosas, no me privó de olfato para oler la impostura, el artificio, la falacia. El libro de Luisgé Martín está sentido de principio a fin. Es de un desnudamiento minucioso, reflexivo, que a mí no me ha parecido en ningún momento obsceno ni, como se ha dicho por ahí con liviandad, ingenuo. La segunda razón es la literatura, aquí sostenida por una prosa adecuada al tema, bien trazada, rica en matices, propia de un escritor maduro.
El amor del revés narra con pormenor la vivencia homosexual de Luisgé Martín desde sus primeros asomos en la adolescencia hasta la hora actual, con final feliz, como el propio autor afirma no sin ironía. Me ha parecido acertada la imagen del salmón que se afana contra la corriente y ha de salvar a toda costa cascadas, aguas turbulentas, piedras a flor de agua. El relato no se conforma con una sucesión convencional de peripecias. Muestra la herida interna, los dolorosos años de represión, la pelea con el sentimiento de culpa, el terrible asunto de la identidad y la vergüenza, y, por encima de todo, el afán por querer y ser querido de un modo que muchos no aceptan y que hasta hace poco la ley prohibía en España. El libro, ya lo he dicho, es de una densidad humana admirable.
Pero también es otra cosa que me ha dejado plenamente convencido. El amor del revés contiene un agudo y lúcido retrato de época, se deja entender que desde la perspectiva de la vivencia homosexual, pero trascendiéndola a cada instante para hablarnos de cine, de libros, de viajes, de política, de hábitos, de prejuicios y de tantas cosas que conformaron el paisaje social español de las últimas décadas del siglo XX y de la primera del actual. Un libro como el de Luisgé Martín sería superfluo en un mundo más afectuoso que el nuestro, donde hubiera respeto y donde se dejara a la gente vivir, amar y desarrollarse en paz.