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viernes, 21 de octubre de 2016

IRAZOKI, 62 MODELO PARA ABRAZAR



Esta foto nos la hizo Daniel Mordzinski en una galería del metro de París.


Hoy, 21 de octubre, lluvia y hojas amarillas, Irazoki cumple años. Sesenta y dos. Vive en París como París vive en él. Estoy por decir que la ciudad e Irazoki nacieron el uno para el otro. Ahí anda, pues. En repetidas ocasiones, la vida intentó doblarlo. A fuerza de arrearle palos hizo de él un hombre positivo. Luego, doblada ella, lo convirtió en una despensa de pequeñas felicidades.
Irazoki es telefónico. Estoy por decir que el teléfono fue inventado para él. Cuentan los que saben de estas cosas que en 1871 Antonio Meucci, visiblemente nervioso, preguntó si Irazoki ya había nacido. Le dijeron que no, que tranquilo, que tenía tiempo de perfeccionar su invento. Y lo mismo preguntó pocos años después Alexander Graham Bell. Irazoki subiría, en mangas de camisa si hace falta, a la cima del Everest si le dijeran que allí arriba hay un teléfono o un abrazo.
Es que, ahora que me acuerdo, Irazoki nació para abrazar. No tiene compasión. Viene, te abraza, te abraza/agarra, te abraza/estruja, y luego, al soltarte, pone cara de pena porque tu cercanía le impide llamarte por teléfono. Los pulpos celosos se retuercen de resentimiento en tales situaciones. Este hombre podría trabajar como exprimidor de naranjas. Ganaría una fortuna.
También es poeta. Es, sobre todo, poeta, además de excelente cocinero, y conoce a todos los poetas. Le mandan libros por toneladas. El cartero de su barrio seguramente no le dirige la palabra. Yo le pregunto: Y el poeta ese, ¿qué tal? Me cuenta con pormenor, cita títulos, describe estilos, apuntala con argumentos y datos biográficos. Irazoki es una capital de la poesía. La disfruta si ella se deja disfrutar y la reseña en El Cultural con idéntico ánimo. Lo mismo que la música, otra de sus pasiones, le gustan poemas de todos los tiempos y estilos. Lo que no le gusta es el fraude literario. Y me pongo por testigo para certificar que tiene un olfato infalible para descubrirlo. Te levanta unos versos herméticos y señala la etiqueta que hay debajo: made in Trampaland.
Una vez me llamó por teléfono estando yo fuera. Al volver a casa, mi mujer me dijo que había llamado mi marido. Tiene razón. Nos ve todo el día de palique aparato en mano. Hablamos de comas, de fútbol (dice que lo de Iniesta no es fútbol, es ballet), de recetas de cocina, de Félix Francisco Casanova, de la perspicacia de algunos, de la mala fe de otros y de los escritos mutuos. No publico una línea que no haya recibido su visto bueno y viceversa. Por esa vía él me ha salvado de cometer multitud de errores.
En fin, que el navarro este de caserío ha cumplido sesenta y dos tacos, y que esta noche voy a beber una copa de vino a su salud. Tengo contraída con Irazoki una deuda descomunal. ¿Cuál? No, bueno, no es nada, es sólo que gracias a él me ha sido dado conocer en este mundo nuestro tantas veces despiadado y atroz la experiencia de la amistad en grado de plenitud. Esto es lo que yo quería decir. Esto y lo del teléfono. Y lo de la poesía. Pero sobre todo esto.