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sábado, 22 de julio de 2017

SOBRE UN POEMA DE FABIO MORÁBITO







VEO A MI PADRE ASOMADO A LA VENTANA.
Sentado en el suelo del cuarto,

miro su espalda ancha. Camino apenas.
Qué hermoso es un padre

cuando, asomado a una ventana,
su espalda se recorta para el hijo.

Le deja impreso su mejor recuerdo.
Padre que encara el mundo,

primera puerta que nos da la infancia,
primer atisbo de que no todo es pecho.

Fabio Morábito

El padre en la ventana

No es breve la lista de escritores de renombre que adoptaron para la creación literaria una lengua que no era la suya materna. Con frecuencia, dichos escritores cultivaron géneros como la novela, la filosofía o el teatro, en los cuales suele prevalecer, aunque no siempre, la función comunicativa del lenguaje. Se entiende así que Samuel Beckett prefiriese emplear para sus obras el francés, en lugar de su lengua inglesa de la infancia, ya que de este modo le resultaba más fácil cumplir el propósito de “escribir sin estilo”.
Este salto de una lengua a otra es menos habitual entre poetas. La poesía, como el humor, se asienta sobre matices que el diccionario o el manual de texto no explican; sutilezas que asoman de costumbre en los bordes de la connotación y por lo común sólo son perceptibles desde el instinto del idioma. De hecho, ocurre con facilidad que nos emocionemos o nos riamos sin la captación racional de aquello que está repercutiendo en nosotros. La poesía se nota, se huele, se siente y después, si lo creemos oportuno, la podemos estudiar y diseccionar en busca de conocimiento.
Ya no se trata, pues, tan sólo de entender y hacerse entender en un idioma nuevo, sino de interiorizar la sonoridad, los ritmos, el prestigio literario y social de las palabras y disponer, en fin, de acceso directo a las posibilidades simbólicas de la lengua sin las cuales es casi seguro que nadie llegará muy lejos en el terreno de la creación poética. No deja de ser significativo que Joseph Brodsky, durante el exilio, siguiera reservando el ruso para sus poemas y escogiera el inglés para la prosa.
El caso de Fabio Morábito (Alejandría, 1955) es un tanto singular. Nacido en Egipto, de padre y madre italianos, cumplidos los quince años de edad deja Italia, se establece en México y adopta la lengua española para sus relaciones cotidianas y pronto para la escritura. La edad del escritor en aquel entonces, aún en periodo de formación escolar, y el parentesco lingüístico de ambos idiomas romances le facilitaron sin duda el tránsito de uno a otro. Fabio Morábito ha incorporado en no pocas ocasiones esta cuestión, que en el fondo es una cuestión sobre la propia identidad, a sus poemas. En ellos se advierte una atención más favorable a los aspectos relativos al contenido que a las formas, con una sostenida tendencia a la claridad y la sencillez.
Autor destacado de cuentos y traductor, Fabio Morábito ha escrito asimismo diversos libros de poemas. A uno de ellos, Delante de un prado una vaca, publicado por vez primera en el año 2011, pertenece el poema sin título “Veo a mi padre asomado a la ventana”. Lo que a primera vista pudiera causar el efecto de una evocación es en realidad un ensueño en tiempo presente. El sujeto poético toma una perspectiva del pasado para observar a su padre, cuya vida presumo que ya se había terminado en el momento de componer el poema. Dicha perspectiva no se limita a la esfera del tiempo. Comporta igualmente la recreación de una escena que entraña un claro sentido admirativo, como de homenaje. Son el cuarto y la ventana de otro tiempo, con el padre erguido que mira al exterior y el poeta transfigurado en el hijo pequeño que mira desde una posición espacial inferior la espalda del padre.
La imagen paterna, retenida, si no creada, en la memoria del niño que está dando los primeros pasos en la vida (“Camino apenas”), es altamente positiva. La espalda ancha denota fortaleza y protección. Y lo hermoso de ver y tener un padre cerca añade al poema un ingrediente de aceptación no sólo estética sino también sentimental. No hay en estos versos de Morábito rasgos explícitos de afecto, pero este se intuye, corroborado por la suave, casi objetiva exclamación: “Qué hermoso es un padre”. No se trata tan sólo de un grato recuerdo, sino del mejor. Y su significado rebasa el campo de lo personal. El sujeto poético se expresa en nombre de todos nosotros. Habla de nuestro padre, de nuestra infancia, de la que tuvo cada uno de cuantos leen el poema.
El padre supone en el texto de Morábito algo más que una presencia modélica. En la larga cadena de las sucesivas generaciones, él es quien encara el mundo justo antes que nosotros y en cierto modo, se lo proponga o no, para nosotros. De él, para bien o para mal, aprendemos. A menos que otra cosa hubiera previsto el destino, él nos abre en la infancia una puerta primera hacia nuestra futura posibilidad de varón. No olvido al escribir esto la importancia que la figura paterna puede tener para una hija; pero creo que el poema de Morábito aborda de lleno el tema de la relación del hijo con el padre, de un hijo de corta edad que empieza a descubrir que no todo en su recién estrenada vida es pecho o, dicho de otro modo, madre.
El poeta ha puesto en una página unos versos cristalinos. El criterio métrico es relajado. Aun cuando el texto de Morábito pudiera leerse en voz alta, a mí me pide la lectura silenciosa. La facilidad con que a uno le es dado recorrer el área interpretativa del poema no agota ni mucho menos la capacidad del texto para emitir significados. A ellos se agregan las emociones que el poema pudiera suscitar en el lector o las evocaciones que le pudieran inspirar. La experiencia poética no admite al espectador pasivo que se limita a descifrar un mensaje y a darle o negarle a continuación, de acuerdo con sus preferencias y su gusto, el visto bueno. No sin razón se suele afirmar que uno frecuenta el cine o las novelas para hacerse el ánimo de encarnar durante unas horas vidas ajenas. La poesía no admite esta forma de extrañamiento. Por su particular naturaleza, obliga al lector a ejercer de poeta, comprometiendo en esta operación el núcleo central de su persona. De otro modo, lo poético no ocurre, no se da.
El breve poema de Morábito me pega fuerte desde el primer día en que lo leí. Una mañana de verano, hace unos cuantos años, mi padre ya anciano se asomó a la ventana. Yo no estaba entonces en aquel cuarto, pero esta circunstancia no me ha impedido presenciar muchas veces la escena como tampoco la corta edad de Morábito le vedó a él imaginar la suya que se remonta a los comienzos de su infancia. Sé que aquella fue la última vez que mi padre miró el mundo, consistente aquel día en una calle, el cielo azul, algunos árboles. Dijo sentirse mal y, apartándose de la ventana, se acostó para nunca más levantarse. Inducido por el poema de Fabio Morábito, ahora creo que, siguiendo el turno natural de las generaciones, mi padre me precedió en el acto de mirar de frente lo último que un hombre ve en la vida.
(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el sábado 22 de julio en el suplemento Territorios de El Correo.)

domingo, 30 de abril de 2017

LA ÚLTIMA NOVELA DE LUIS LANDERO




No sé a los demás, pero a mí la literatura me induce al cultivo de ciertos ritos. Todos ellos tienen una característica común. Son gozosos. Uno de los que mayor placer me causan es la lectura de los libros de Luis Landero conforme se van publicando. En pocas literaturas me siento tan rápida y plenamente a gusto como en la suya. Es como llegar a un sitio grato, donde a uno lo atienden de maravilla, donde los asientos son cómodos y la conversación provechosa y honda. Yo, de este hombre, leería cualquier cosa: la lista de la compra, una anotación circunstancial, lo que fuera.
Como compartimos editor, me suele llegar la noticia de la publicación de sus libros con holgada antelación. Lo mismo ocurrió con el último, La vida negociable, que considero unos de los mejores de una serie en la cual el libro más débil equivaldría a la obra cumbre de otros escritores. Su prosa de impecable cincelado, limpia de grasa retórica, con los ornamentos justos y bien puestos, es la estrella del equipo. Es que ya sabes desde el principio del partido literario que la novela, trate de lo que trate, no te va a decepcionar. Landero es uno de nuestros más dilectos usuarios del idioma. Y tiene ese punto afable, exacto, fluido en el trato escrito del idioma que hace sus libros tan cercanos, tan entrañables para el lector, sin la melaza estomagante del estilista a jornada completa.
Bien mirado, Landero es autor de una sola novela o, por mejor decir, de una historia ofrecida al lector en múltiples versiones y con distintos títulos. Es la novela de un pobre hombre, normalmente afincado en Madrid, que busca con afán su hueco en la vida y emprende a dicho fin una serie de acciones con no muy buenas cartas, aunque con firme voluntad, al menos al principio de cada uno de sus desvelos; también con no escasas dotes y cierta carga de ingenuidad. Al final, fracasa o medio fracasa y dice: hasta aquí y no más. Fin de la novela. A esto, en tiempos de Baroja, lo llamaban “la lucha por la vida”.
La vida negociable agrega a la serie una peculiaridad notable. Aquí el antihéroe, el pardillo emprendedor, el hombre que se empeña en prosperar en la vida y complacer así a sus progenitores, no descarta el ejercicio de la maldad. Aquí hay sangre y delitos, violencia y mentiras, rencor y celos, que llevan, eso sí, al resultado de costumbre: una suerte de acomodo o de resignacion final. Las reflexiones que acompañan a las reiteradas tentativas del protagonista-narrador, Hugo Bayo, son de primera categoría, sazonadas a cada instante con excelentes excursos, revueltas mentales y metáforas marca de la casa. Leo, la compañera de fortunas y adversidades de Hugo, la parte femenina de tantas vivencias compartidas, es el complemento adecuado que confiere profundidad al relato y es ocasión de diálogos extraordinarios y episodios raras veces apacibles, pero siempre amenos.
El remate de la novela me ha gustado asimismo un montón. Se trata de un desenlace más bien conciliador y un sí es no es triste, como de costumbre en las novelas de Landero, un novelista compasivo con sus personajes; y eso que en La vida negociable les ha endosado infortunios, enfermedades, descalabros, penas y tormentos a tutiplén.
Jorge Luis Borges menciona elogiosamente en un célebre poema a quienes agradecen que exista en la tierra la literatura de Stevenson. A mí me pasa lo mismo con la de Luis Landero.