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jueves, 2 de febrero de 2017

A PROPÓSITO DE UN POEMA DE DÁMASO ALONSO



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INSOMNIO

Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).
A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de la luna.
Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre caliente de una gran vaca amarilla.
Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.
Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?

Dámaso Alonso

Un mundo de muertos

El mero hecho de existir le impone a uno la condición de contemporáneo de conflictos bélicos. Siempre los ha habido; me temo que siempre, mientras el género humano habite la Tierra, los habrá. Hoy aquí, mañana allí. Quizá sea verdad que la guerra está en la naturaleza del ser humano. No hay más que acudir de forma regular a noticiarios y periódicos para comprobar que la pelea a palazos y pedradas de los hombres prehistóricos prosigue en la actualidad con armamento de alta tecnología.
Al mundo resultante del derramamiento inmemorial de sangre, el poeta Dámaso Alonso (1898-1990) lo calificaba de monstruoso. Él mismo, hasta cumplir 45 años, vivió una de las épocas más convulsas de Europa, con guerra civil incluida que lo pilló de cerca y afianzó su visión pesimista de la existencia. En el momento de alcanzar la edad citada, la Segunda Guerra Mundial hacía estragos no sólo en el continente europeo. No tardarían en estallar las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki.
Entiendo que el poeta tenía 45 años cuando escribió “Insomnio”, tal como se especifica en uno de los versículos. El poema abre a modo de prólogo Hijos de la ira, cuya primera edición data de 1944. En lo que a la poesía se refiere, España atravesaba entonces una época de escaso vigor creativo, caracterizada por las imitaciones de Garcilaso, la mansedumbre intimista, el fervor religioso y los sonetos. En medio de aquella atmósfera apagada, cerrado el país a los posibles vientos innovadores de fuera, suenan de pronto el grito, la protesta airada, las imprecaciones en verso libre de Dámaso Alonso.
No creo que la dificultad mayor para consumar la experiencia poética durante la lectura de un texto provenga de sus contenidos. Aun profesando el descreimiento, cualquier persona culta puede disfrutar de las vidrieras de una catedral, de unas estrofas de San Juan de la Cruz o de un oratorio de Bach. Un factor determinante que anula o destruye los valores poéticos de un texto ofrecido como poema, incluso en el caso de que su escritura alcance un alto grado de calidad lingüística, es la expresión convencional. Tal es por fortuna lo que no ocurre con este crudo “Insomnio”.
La primera línea, con su rotundidad informativa, recuerda no poco un titular de prensa. Ya en el umbral del poema estamos avisados de que no nos espera la música verbal de costumbre. Aquí el poeta se la está jugando. Parece que nos dijera: lectores, destrozo la lira y os hablo como me sale, pues no aguanto más mi dolor ni mi angustia, y quiero que me entendáis y me dirijo a vosotros sin rodeos ni florituras, sin contar sílabas ni distruibuir los acentos como exigen los cánones.
Los muertos de Madrid, ciudad de nacimiento y residencia del poeta, son sus habitantes, en número que tal vez se corresponda con los que la capital de España tenía por los días en que fue escrito el poema, aunque para su cabal interpretación la exactitud del dato se me figura irrelevante. Según el poema, Madrid es un cementerio enorme; sus ciudadanos, cadáveres; los domicilios de estos o sus dormitorios, nichos. Entendemos así que vivir constituye una forma de estar muerto o de pudrirse como tal, y que de dicha circunstancia no se libra ningún ser vivo, ni en Madrid ni en ningún lugar del planeta. La angustia existencial derivada de esta convicción es la que desvela al sujeto lírico a horas destempladas, impidiéndole reposar. Su insomnio no es de una sola noche, sino de siempre y para toda la vida.
En su vigilia forzosa, el insomne oye sonidos nocturnos: el viento desatado, unos ladridos; más enigmáticamente, el fluir de la luz de la luna comparada con la ubre de una vaca amarilla. ¿Por qué amarilla? Intuyo que la sinestesia ha asignado al animal el color del pálido brillo lunar. Todos estos elementos, dispersos en la intemperie, concurren en la conducta desesperada del insomne, que también gime en su nicho-dormitorio y ladra enfurecido y se derrama con lentitud exasperante, propia de un fenómeno infernal duradero.
Y hacia la mitad, como tantas veces en la poesía de Dámaso Alonso, el poema se transforma en rezo. El poeta reclama a Dios una explicación. Necesita saber a toda costa cuál es el sentido de este morir consciente que llamamos vida. ¿Qué pintamos los hombres en este mundo nauseabundo y cruel donde nos matamos los unos a los otros, y nos pudrimos, y se pudre sin esperanza alguna nuestra alma, y donde no cesamos de padecer? ¿Quién sino el creador de esta realidad atroz, de este cementerio gigantesco, podría darnos respuesta?
Hay un punto de admonición y reproche en el tono de la pregunta. En el tramo final del poema, el yo lírico se dirige directamente a Dios, a quien concibe en la forma de un jardinero. ¿Acaso nacemos para servir de abono a los rosales que adornan el día del cielo divino, a las azucenas de las noches celestiales que nos matan para poder florecer y expandir su aroma a costa de la sustancia de la carne humana? ¿Para eso nacemos? ¿Para solaz de un Dios inmisericorde, ajeno a nuestro dolor, pendiente nada más que de sus flores?
Dámaso Alonso incluyó “Insomnio” entre los poemas “aullantemente personales” de Hijos de la ira. Subyace al terror vital del poeta una idea de índole existencialista, según la cual el hombre, al nacer, ha sido arrojado a un mundo inhóspito tras el que lo aguarda la nada o quizá una especie de existencia no física. A veces el poeta se convence de lo primero. En tal caso se desespera, aúlla, se encara con Dios sin renegar de Él, sin abandonarse al ateísmo, y escribe textos como “Insomnio”. Otras veces halla consuelo en la reconciliación con la fe cristiana y sus poemas se tornan oración fervorosa.
Este dilema es constante en la obra poética de Dámaso Alonso. Lo fue asimismo a lo largo de su vida desde edad temprana, fuente inagotable de angustia en un hombre consagrado principalmente al estudio, a la cátedra y a otras actividades apacibles en apariencia. Según sus propias confesiones, la pregunta por la razón de nuestra presencia en el mundo no dejó de atormentarlo un solo día de su larga existencia. Se afanó hasta la senectud por obtener una respuesta. Fue en vano. De su fallida tentativa resultaron algunos de los poemas más intensos del siglo XX.
(Este artículo, perteneciente a la serie Vetas profundas, se publicó el pasado sábado 4 de febrero en el suplemento Territorios de El Correo.)